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Pedro Rodríguez Ablanedo, el argentino que sobrevivió al ascenso europeo hasta llegar al profesionalismo en Suiza

El sueño europeo no siempre empieza en estadios llenos ni en centros de entrenamiento de primer nivel. Pedro Rodríguez Ablanedo lo sabe bien. El jugador argentino recorrió durante tres años el ...

Pedro Rodríguez Ablanedo, el argentino que sobrevivió al ascenso europeo hasta llegar al profesionalismo en Suiza

El sueño europeo no siempre empieza en estadios llenos ni en centros de entrenamiento de primer nivel. Pedro Rodríguez Ablanedo lo sabe bien. El jugador argentino recorrió durante tres años el ...

El sueño europeo no siempre empieza en estadios llenos ni en centros de entrenamiento de primer nivel. Pedro Rodríguez Ablanedo lo sabe bien. El jugador argentino recorrió durante tres años el ascenso europeo entre promesas incumplidas, contratos que no llegaron y clubes precarios. Vivió en una pensión abandonada en Sicilia, jugó en canchas de tierra, fue despedido por Instagram y compartió casa con diez jugadores. Hoy juega en la segunda división suiza, pero el camino fue todo menos glamoroso.

La frase que lo sostuvo había llegado años antes, en un número que entró con característica española. Pedro tenía 14 años y llevaba tres días sin salir de la cama. River, club donde había hecho inferiores desde niño, lo había dejado libre un martes; el domingo sus compañeros jugarían el último partido del año y podían salir campeones. Por el enojo y frustración de no poder ser parte, dudaba si ir a verlos. Dudaba de todo.

—¿Pedro? Soy el Cholo.

Del otro lado estaba Diego Simeone, con el que coincidió en varias oportunidades cuando iba a ver a su hijo, y compañero suyo en las inferiores del Millonario, Giuliano Simeone. El mensaje fue breve y directo: “Andá a ver a tus compañeros y demostrales que sos más fuerte. En este deporte hay que ser un hombre y genuino”. Días después, aun sin estar totalmente convencido de ir, tras perder un partido con Atlético de Madrid, volvió a escribirle para insistirle que fuera. “Perdón que me meta, pero los amigos de mis hijos son mis amigos”, dijo el entrenador. Pedro fue. River salió campeón. Sus amigos lo levantaron en el aire.

Años más tarde, esa frase iba a acompañarlo en un edificio abandonado en Sicilia, cuando subía tres pisos a oscuras, sin luz en los pasillos y con el agua del riego de la cancha como única ducha posible.

Ablanedo se formó en River y luego en Vélez, al que llegó apenas días después de dejar Núñez a fines de 2016. El propio Cholo Simeone lo motivó a que fuera: “Me dijo: ‘Andá a Vélez, es un club espectacular, yo salí de ahí’. Fue el empujón que me estaba faltando. Ahí tomé coraje y arranqué para Vélez.” En Liniers completó desde octava hasta cuarta división y llegó a entrenarse con Primera. “En Vélez pasé una etapa increíble en mi carrera, crecí un montón, y estoy muy agradecido”, contó.

Pero cuando empezó a proyectar su salto al profesionalismo, hizo una lectura fría: en su puesto —volante central— competía con una camada que ya asomaba con fuerza y los titulares eran jugadores de mucha jerarquía. “Fui realista conmigo”, admitió, mostrando que desde chico tuvo una madurez muy grande. Detrás de él tenía a jugadores como Máximo Perrone y Christian Ordóñez, y en el primer equipo estaban Gastón Giménez y, en la última etapa, Fernando Gago.

Prefirió apostar al ascenso europeo antes que al ascenso argentino. Tenía 18 años cuando viajó a España con la ilusión de firmar en el Rayo Vallecano B, filial que competía en la cuarta división de España. Hizo la pretemporada, le prometieron contrato y, transcurrido un mes y medio, le explicaron que el cupo dependía de los jugadores que bajaran del plantel superior. “Pero escuchame, ¿por qué no me avisaste antes? ¿Ahora qué hago?”, recordó Ablanedo del diálogo con la gente del club. El lugar nunca apareció.

“Fue el primer baldazo de agua fría en Europa”, admitió. Dos meses dando vueltas entre pruebas y alojamientos temporarios, junto a su papá, que “por suerte” lo acompañó en esa etapa. Finalmente recaló en Ourense, en Galicia. Cuando creyó que la incertidumbre terminaba, apareció otro obstáculo: el transfer desde la Argentina tardó tres meses en llegar. “Fue durísimo: entrenarte sabiendo que el fin de semana vas a la tribuna”.

Después llegó la segunda ola de Covid, y cuando finalmente había empezado a jugar algunos partidos, sufrió una lesión en el hombro, la cual sabe que fue “una lesión totalmente emocional” por todo lo que estaba viviendo en aquel entonces. “Mentalmente todavía no estaba del todo maduro como para afrontar ese tipo de situaciones”, reconoció.

A pesar de que su madre le sugirió retomar los estudios mientras se recuperaba, él ya tenía la decisión tomada. “Le dije: ‘No, pará mamá, quiero enfocarme en el fútbol’”. La respuesta fue clara: si iba a apostar todo, debía hacerlo sin medias tintas. “Si te vas a enfocar en el fútbol, que sea al 100”, le dijo ella. Y así fue. Durante la rehabilitación llegó a hacer tres y hasta cuatro turnos por día, con gimnasio a la mañana, kinesiología al mediodía, trabajos con pelota por la tarde y natación por la noche. “Era una locura”, recordó. También comenzó terapia psicológica, un acompañamiento que mantiene hasta hoy.

El club le dijo que lo esperarían. Y, sin embargo, sufriría otro golpe más. Cuando volvió a España tras la operación y recuperación récord en seis meses, se enteró por redes sociales de que el club ya no contaba con él. “Me desperté y vi en Instagram que me habían despedido”, contó. “Fue la primera vez que sentí que me podía quedar sin nada”.

Sin representante y ya sin club, empezó a moverse solo. La búsqueda se volvió casi artesanal en un método poco usual. “De la desesperación me ponía a buscar clubes en España, de quinta o cuarta división, y les mandaba mi currículum. Buscaba el Instagram del entrenador y le escribía yo. Desesperado, desesperado”, repitió.

En esta oportunidad fue su madre quien lo acompañó al principio; luego tuvo que dormir un mes y medio en hostels, compartiendo habitación con desconocidos y abrazado a la valija por miedo a los robos. “Fue la etapa más dura de mi vida”, afirmó.

La oportunidad apareció en el lugar menos pensado: la sexta división italiana. Conocida como la Promozione, la oportunidad llegó a través del representante de un amigo, en un momento en que ya no estaba en condiciones de elegir demasiado. “Yo ya había pasado tantas que dije: no me vuelvo ni en pedo (a la Argentina)”, recordó.

No imaginaba que esa decisión lo depositaría en Folgore Castelvetrano, un pueblo de 30.000 habitantes en Sicilia. El contexto distaba de lo soñado —ni siquiera hablaba italiano—, pero la urgencia por volver a sentirse futbolista era más fuerte. “La felicidad de ya tener un club era tal que no me importaba más nada”.

El presidente del club lo esperó diractamente en el pueblo, tras un viaje en colectivo de dos horas. Le habían prometido casa y comida. Lo llevaron a una pensión alrededor del estadio. Era un edificio de tres pisos, vacío. Ocho habitaciones abandonadas, un comedor gigante sin uso. No había luz en los pasillos. El agua salía del mismo sistema de riego de la cancha. Para ducharse debía bajar tres pisos, activar una llave en un cuarto oscuro y volver a subir antes de que se cortara.

La puerta principal no tenía llave. A la semana le entraron a robar y recién entonces colocaron un candado. “De diez jugadores, nueve se volvían. Era inhumano”, dijo. Sin embargo, explicó que en ese momento su percepción era otra: “Yo estaba tan contento de tener club y con tantas ganas que no me afectó en absoluto”.

Y, a pesar de que no le dieron exactamente lo que prometieron, se quedó. Caminaba casi cuatro kilómetros hasta el gimnasio porque entendía que el entrenamiento de una sexta división no le alcanzaba. “Yo venía, con total humildad, de otro nivel. Y claro, estaban todos como locos. Entonces les dije: ‘Lo único que les pido es una bicicleta para ir al gimnasio, una tele y wifi’”. Nada de eso llegó en tiempo y forma: la bicicleta se la terminó regalando un compañero; la televisión funcionó apenas como decoración porque no tenía antena; y el wifi nunca apareció, así que tuvo que pagarse datos para poder comunicarse.

Si estaba inspirado, corría hasta el gimnasio. Con lo que cobraba podía vivir austeramente. Hacía diferencia en la cancha y el pueblo lo adoptó: “Me acuerdo que hacía un gol en un partido, y el verdulero me regalaba verdura y el pescadero me regalaba pescado”. Una tarde convirtió un gol de chilena, que quedó retratado en un video borroso desde la tribuna que a día de hoy se lo sigue recordando los hinchas locales.

No hablaba italiano y apenas había otro argentino en el plantel. Se dedicaba a entrenar. A veces, bajaba solo a la cancha a patear, que era casi como el pateo de su casa. Llamaba a su madre por videollamada cuando debía subir de noche las escaleras a oscuras. Un día, una tormenta entró por los agujeros del techo y el agua cayó sobre su habitación, ella se rió al verlo sacar baldes en pleno diluvio. Él minimizaba lo malo para no preocuparlos. “Yo ya había pasado cosas peores sin club. Mientras pudiera entrenar y jugar, me quedaba”, dijo mientras recordó la historia que hoy es anecdota.

“Cuando vieron que yo hacía la diferencia, me dijeron: ´Vos tenes que ir de aca. Es un desperdicio que estés acá´“, contó que le decía la gente del club. Tras estar solo un par de meses, en diciembre dio el salto a Sancataldese, de la Serie D, cuarta categoría, que es semiprofesional. Canchas más llenas, otro contexto. Parecía el inicio de la estabilidad. Pero no duaría mucho.

El representante que lo había acercado a Italia le recomendó no renovar con el club de Serie D. Le prometió algo mejor. Rechazó ofertas. A días del cierre del mercado, la propuesta superadora no llegó y terminó en una categoría inferior: la quinta. “Me dijo que era lo mejor y después supe que cobraba más comisión ahí”, relató. Aunque si cobraba más, el buscaba “seguir creciendo futbolísitcamente”, y en una división que tuviera más repercusión para llegar al profesionalismo.

La casa prometida para un máximo de tres jugadores terminó con diez personas compartiendo un baño y cuatro habitaciones. Entrenaban en cancha de tierra. Los sueldos se atrasaban. “Todo muy desorganizado”. Fue, según admite, uno de los golpes más duros. “Yo pensé que ya estaba acomodado y volví a bajar”.

Aun así, nunca perdió de vista el objetivo. “Siempre fui muy constante y tenía claro a dónde quería llegar. Cuando uno sabe a dónde quiere ir ya tiene una ventaja”, explicó. Fue el segundo goleador del equipo jugando como volante central (con tres goles). Hacía doble turno mientras sus compañeros fumaban o salían por la noche al ser una categoría amateur. “Me decían que estaba loco”, recordó.

Ya para fines de 2023, recibió 15 ofertas. Esta vez eligió con otra lógica, sin representante de por medio y con la experiencia de todo lo vivido. Se fue a la Vigor Lamezia, en Calabria, un club que también militaba la quinta división pero con historia, hinchada y estructura. “Preferí vidriera y seriedad antes que categoría”, explica.

“Fue la mejor decisión que tome. Ahí fue cuando realmente empece a disfrutar”, afirmó. En un año y medio salió dos veces elegido mejor mediocampista de la liga, fue campeón y logró el ascenso. Y cerró por la puerta grande su etapa en Italia. Previo a lograr su gran objetivo: ser profesional.

El salto a Suiza

La oportunidad llegó a través de un ex compañero de Vélez. Viajó una semana a prueba a la segunda división suiza. Lo que encontró contrastaba con todo lo anterior: instalaciones de primer nivel, gimnasio de primer nivel, nutrición, orden, salarios al día. “Terminas de entrenar y tenés proteína, fruta, sauna. Es totalmente profesional”, describió.

La liga es intensa, dinámica, menos pasional que la italiana por parte de los hinchas pero con gran visibilidad. En la Copa Suiza de esta temporada, enfrentaron y eliminaron por penales a Zurich, un histórico de Primera, en un partido como locales televisado en todo el país en 2025. “Es una liga trampolín”, aseguó. Muchos jugadores saltan desde allí a Austria, Dinamarca, Italia o España.

Hoy vive una rutina tranquila, rodeado de montañas, lejos del ruido sudamericano. Comparte la experiencia con su pareja argentina. Aprendió a hablar italiano, inglés y francés. Casi nadie lo reconoce por la calle debido a que los suizos no dan mucha importancia al fútbol. Pero entrena en un contexto que hace tres años parecía imposible. Y juega en un estadio reconocido por la UEFA, donde se disputa Youth League (la Champions League juvenil). El Centre Sportif de Colovray.

Justamente es con la Champions League con la que tiene una obsesión. La lleva tatuada en el brazo. Se ríe cuando recuerda que alguna vez usó el himno como alarma. “Para mí no hay nada imposible. Cuando estaba en sexta me decían que era imposible llegar al profesionalismo. Y llegué”.

La frase del Cholo sigue guardada en su teléfono. Aquella tarde le pidieron que fuera a ver a sus compañeros y demostrara que era más fuerte. No sabía entonces que la verdadera prueba no sería quedar libre a los 14, sino subir tres pisos a oscuras en Sicilia y decidir quedarse. “Para mí hoy no hay nada imposible”, concluyó.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/pedro-rodriguez-ablanedo-el-argentino-que-sobrevivio-al-ascenso-europeo-hasta-llegar-al-nid05032026/

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