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¿Quién conviene que determine el “modelo de país”?

¿Cuál es -o debe ser- el modelo de país?, es una de las tantas expresiones que forman parte de la “batalla cultural”. Ocupa enorme cantidad de energías humanas, que yuxtaponen visiones parc...

¿Quién conviene que determine el “modelo de país”?

¿Cuál es -o debe ser- el modelo de país?, es una de las tantas expresiones que forman parte de la “batalla cultural”. Ocupa enorme cantidad de energías humanas, que yuxtaponen visiones parc...

¿Cuál es -o debe ser- el modelo de país?, es una de las tantas expresiones que forman parte de la “batalla cultural”. Ocupa enorme cantidad de energías humanas, que yuxtaponen visiones parciales, sectoriales y regionales, de pretendidos beneficios para la sociedad toda, y muy pocas reflexiones específicas, que son las que sirven para adoptar las decisiones. Las líneas que siguen plantean la cuestión de manera concreta, a saber: ¿quién tiene que determinar si conviene instalar, agrandar o achicar, una fábrica: el dueño -quien en la decisión se juega su patrimonio- o algún funcionario, a través de medidas específicas, que tornan viable una actividad que en ausencia de intervención estatal podría existir o no?

Sobre el particular, conversé con el norteamericano Edward Bellamy (1850 - 1898), quien estudió leyes y se ganó la vida como periodista y escritor de obras de ficción. Como Henry George, no tenía entrenamiento formal en economía, pero había estudiado mucho por su cuenta. Sufría de tuberculosis, y por eso falleció relativamente joven. Es autor de Mirando retrospectivamente, 1887-2000, y su secuela, Igualdad, publicada en 1897, que describe a una Boston socialista en 2000. Vendió un millón de copias, en pocos años. Según Martin Bronfenbrenner, “se trata de la mejor contribución americana a la utopía socialista y literatura sobre la planificación, escrita en el siglo XIX”, en tanto que para Warren Joseph Samuels, “la obra es una contribución importante para la continuación del noble esfuerzo platónico de entender y mejorar la sociedad y la condición humana”.

– ¿Con qué soñaba, cuando escribió sus trabajos?

– Con la absoluta igualdad de salarios y por consiguiente de ingresos; obligación de trabajar entre los 21 y 45 años; no hay dinero sino tarjetas de crédito; abunda la energía eléctrica; el cambio tecnológico se asegura por la garantía de pleno empleo, y se produce una sustancial desurbanización, por la mejora en el transporte. Los habitantes tienen radio, televisión interactiva, automóviles, aeroplanos, submarinos, vestimenta unisex y un idioma único. Reflejando la época (fin del siglo XIX), me ocupé de la centralización del poder. A lo que más temía era a la consolidación de monopolios cada vez más poderosos, que controlan todos los aspectos de la vida política y cultural, así como la economía bajo un sistema capitalista.

– Según Samuels, subestimó olímpicamente las implicancias que sobre la toma de decisiones tenía una sociedad organizada según los principios descriptos en su obra; Bronfenbrenner agrega que sus ideas sobre planeamiento son simplistas, porque según usted la oferta de mercaderías no depende de los precios.

– Es que escribí una novela utópica, no un manual de instrucciones para que lo pongan en práctica funcionarios públicos.

– Aterricemos, por favor.

– Al comienzo de esta conversación usted planteó la cuestión de modelo de país en términos de quién debe decidir qué fabricar, cuánto fabricar, dónde fabricar, qué personal y maquinaria utilizar, cómo adecuar la oferta a los cambios en la demanda, etc., pensando en dos alternativas: los empresarios o los funcionarios.

– Lo hice porque la grandilocuencia sirve para conversar con parientes y amigos, y deslumbrar en algún programa de radio o TV, pero difícilmente ayude a tomar decisiones.

– Pensemos en los resultados que produce una economía en la cual los empresarios leen en el Boletín Oficial el decreto que lista las actividades de interés nacional, las regiones que deben ser promovidas, la prioridad en el uso de la energía eléctrica, las divisas, etc.; y otra economía en la cual, contando con los mismos recursos humanos y naturales, los empresarios le prestan atención a lo que les “dice” el mostrador, a lo que están haciendo los competidores, viven modificando sus decisiones para absorber los cambios en las circunstancias, etc. En el primer modelo de país, la estructura económica surge de leyes, decretos, resoluciones, etc.; mientras que en el segundo emerge del accionar individual de multitud de emprendedores que, cuando el Indec organiza un censo, agrupa en el sector X, la provincia Y, etc.

– ¿Cuál recomienda?

– Definitivamente, este último, en función de los resultados; y no estoy pensando en empresarios que coimean a funcionarios, para endogeneizar en su favor aspectos de la política económica. Porque la preferencia que estoy planteando en favor del accionar empresario también rige en un contexto donde los funcionarios son abnegados ángeles.

– ¿Cuál es la razón de su preferencia?

– El cuidado con el cual los empresarios adoptan sus decisiones, y la velocidad con la cual corrigen los errores que -en un contexto de alta incertidumbre- inevitablemente cometen. Estamos delante de un caso de lógica decisional. Uno le presta más atención a las decisiones que comprometen su propio patrimonio, que el del Estado.

– Elabore, por favor.

– Como dije, el futuro es inevitablemente incierto, y todos los días aparecen novedades. El empresario, cuidando su bolsillo, tiene una capacidad y velocidad de transformación que el funcionario, cuidando su puesto, no tiene. De hecho, el empresario (o seudoempresario) que decide la producción y su localización, sobre la base de alguna señal enviada por el funcionario, cuando ocurre algún imprevisto busca que los fondos públicos contribuyan a zafar de la dificultad, porque el empresario acusa al funcionario de haberle hecho cometer un error.

– ¿No estará usted idealizando a los empresarios?

– No, como tampoco estoy castigando a los funcionarios. Es una cuestión de roles, no de personalidades. Lo que sí llama la atención es que los funcionarios estén dispuestos a identificar oportunidades de negocios y, en vez de aprovecharlas en beneficio propio, las publican para que otros las lleven a la práctica y se enriquezcan. Pero esto rara vez ocurre: en la práctica en la mayoría de los casos lo que hace la intervención estatal no es identificar una genuina oportunidad de negocios, sino crear una artificial oportunidad de negocios, que recae sobre los hombros de los consumidores.

– En su preferido modelo de país, ¿qué rol le cabe al Estado?

– La provisión de bienes públicos, como defensa, seguridad, salud y educación, así como el diseño y la administración de un sistema impositivo que afecte lo menos posible al sector privado. A quienes me dicen que esto les parece poco les respondo que el día que el Estado provea estos servicios de manera razonable, podemos pensar en encargarle más tareas. Hoy le encargamos tantas tareas (que los burócratas aceptan de buena gana), por lo cual no siempre hacen bien aquellas que indefectiblemente pertenecen a su órbita.

– Don Edward, muchas gracias.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/quien-conviene-que-determine-el-modelo-de-pais-nid04042026/

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