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Reglas a medida

Ciertas expresiones son más elocuentes que mil ensayos sociológicos. “Trabajar a reglamento”, por caso, constituye en la Argentina una modalidad de acción directa sindical destinada a frenar...

Reglas a medida

Ciertas expresiones son más elocuentes que mil ensayos sociológicos. “Trabajar a reglamento”, por caso, constituye en la Argentina una modalidad de acción directa sindical destinada a frenar...

Ciertas expresiones son más elocuentes que mil ensayos sociológicos. “Trabajar a reglamento”, por caso, constituye en la Argentina una modalidad de acción directa sindical destinada a frenar la actividad sin llegar a la huelga, que no existiría, como es obvio, si los reglamentos estuvieran bien escritos, si no se presumiera su obsolescencia, si se les tuviera un respeto reverencial.

Retardar a propósito la producción no es un invento criollo, pero además de que en gran cantidad de países con derechos laborales está expresamente prohibido, por lo común lleva otros nombres: trabajo a desgano, brazos caídos, quite de colaboración, “operación tortuga” en Colombia, huelga de celo (“grève du zèle”) en Francia, también así en España. Lo curioso en la Argentina no es tanto la naturalización del trabajo a reglamento como el concepto en sí mismo, un sobreentendido de que la alteración de la normalidad no consiste en dejar de cumplir las reglas sino todo lo contrario, en cumplirlas. El menú sindical de opciones de protesta da fe de que con la hipotética aplicación de una normativa completa se consigue orillar el boicot.

Las reglas siempre estructuran la institucionalidad. En teoría, cuando son estables dan certidumbre, protegen derechos y garantizan equidad. Lo cual no sucede en sistemas de reglas vaivén y administradores serviles. Esto último se lo acaba de recordar la FIFA al mundo entero -un generoso esfuerzo pedagógico- al adaptar con sumisión pasmosa un artículo del código disciplinario del fútbol para complacer la deriva imperial del presidente Donald Trump.

El fútbol ofrenda varias metáforas sobre el sometimiento de las reglas a las necesidades del dueño de la pelota, como mover el arco, cobrar penal con el diario del lunes, inventar un réferi. Tal vez una metáfora apropiada para la presente temporada electoral, que en los hechos arrancó con la caída de Adorni, podría ser la que habla de cambiar las reglas a mitad del partido.

Javier Milei quiere suspender las PASO. Calavera en mano, Axel Kicillof se encuentra concentrado en su gran dilema sobre las elecciones bonaerenses: “¿adelantar o no adelantar?” (el año pasado la provincia las despegó de las nacionales por primera vez en la historia). Cualquiera de esos cambios, advierten los expertos, modificaría por completo la dinámica de los comicios de 2027. ¿Eso quiere decir que podrían así cambiar los resultados? Nadie lo puede probar hoy, pero quienes defienden la alteración de las reglas creen que sí, para eso quieren alterarlas, no porque les preocupe el fastidio de la gente que tiene que ir a votar más de dos veces seguidas o porque no duerman de noche pensando en mejorar la igualdad de oportunidades de todos los competidores. La especulación política constante mediante el retoque de regulaciones es un claro síntoma de baja calidad institucional.

Se dirá que las elecciones son recién en 2027 (el domingo 24 de octubre) y que en los años pares no hay problema en modificar las normas porque el juego aún no empezó. Pero esa es una verdad a medias. No sólo el gobierno nacional sincronizó en los últimos diez días la política y la economía con su objetivo máximo, la reelección de Milei, sino que todos los políticos entraron ya en modo electoral a pesar de que la sociedad permanece (complacida) en modo Messi. O por eso mismo. Si un cronista le pregunta a un político por las elecciones escuchará una respuesta automática: “para eso falta mucho, ahora nos estamos concentrando en resolver los problemas de la gente”.

En Tucumán, Osvaldo Jaldo, uno de los dos gobernadores peronistas que asistieron a la jura de Diego Santilli, acaba de quedar habilitado por la Justicia para adelantar las elecciones provinciales para mayo. El salteño Gustavo Sáenz ya avisó que también despegará las suyas de las nacionales. En Jujuy, Carlos Sadir hará lo propio. El mapa electoral del año próximo se está configurando ahora mismo. Cada decisión modela el conjunto, no es que todo dependa exclusivamente de si habrá PASO o no habrá PASO.

Se supone que sin PASO los partidos estarán obligados a practicar la democracia por cuenta propia para escoger a sus candidatos y que la justicia electoral no convalidará la dedocracia

Tal vez sea importante tener en cuenta que muchas constituciones provinciales validan la especulación estratégica al darles a los gobernadores la potestad de adelantar las elecciones locales y ajustar la fecha (dentro de cierta ventana) a sus cálculos políticos. Incluso en algunas, como Mendoza, Santa Fe y Chaco, el desdoblamiento es obligatorio. Las reglas diversas son producto del federalismo. En cambio, las transformaciones del sistema de internas partidarias creado por el kirchnerismo en 2009, que durante doce años (2011-2023) se implementó en siete elecciones nacionales, está hoy a merced de los vientos. Milei lo quiere abolir, la mayor parte del peronismo lo quiere conservar y los demás tienen posturas matizadas, en algunos casos no demasiado arraigadas, sujetas a negociación. Por eso los pronósticos son ambiguos.

En 2024 Milei impulsó la eliminación definitiva de las PASO, pero no lo consiguió. Para las legislativas de 2025 debió conformarse con la suspensión temporaria, algo que ahora intenta renovar debido a que no hay consenso en el Congreso -es lo único claro- para suprimirlas en forma definitiva. La creencia predominante es que el peronismo sin PASO tendrá dificultades para resolver su trabada interna. Claro, muchos piensan que con PASO también.

Se supone que sin PASO los partidos estarán obligados a practicar la democracia por cuenta propia para escoger a sus candidatos y que la justicia electoral no convalidará la dedocracia. Eso significaría actualizar las cartas orgánicas, tener congresos resolutivos o convenciones que implementen internas abiertas o semiabiertas en cada agrupación. Para lo cual hay que determinar quién está afiliado a cuál partido y quién no, un asunto que en la cultura política contemporánea, con partidos a los que políticos y medios ni siquiera los llaman así sino que les dicen “espacios”, cuestión que no parece estar entre las prioridades de las masas. ¿Cuántas personas, habría que decir cuántos ciudadanos, saben en las grandes ciudades en qué calle queda la sede de su partido? Más aún, ¿saben cuál es su partido?

Como se recordó en estos días, Santilli, el político del momento, comprometido hasta la médula con el proyecto reeleccionista cuya ejecución descansa en importante medida sobre sus hombros, debe llevar adelante la estrategia del Presidente y de su hermana de confrontar, competir y a la vez buscar alianzas -quién sabe en qué medida cada cosa- entre otros con el Pro. Al cual Santilli sigue afiliado. Un extraño modelo cívico.

La última presidencial sin PASO fue la de 2007, cuando Cristina Kirchner resultó elegida por primea vez. Hubo 14 postulantes. Debido al requisito de alcanzar el 1,5 por ciento de los votos válidos para poder pasar a las elecciones generales, las PASO sirvieron en los comicios siguientes para reducir la cantidad de voluntarios para gobernar la Argentina. En 2011 quedaron siete, en 2015 seis, en 2019 seis y en 2023 cinco. Ojalá los candidatos no se reproduzcan como en Perú, donde hace tres meses llegaron a ser 35, si para 2027 se suspendieran acá las PASO.

De los catorce que se presentaron en 2007, ocho, incluidos los cuatro que salieron primeros, fueron elegidos dentro de sus partidos a dedo. A Cristina Kirchner la nominó el dedo de su marido, Lilita Carrió se autoproclamó, Roberto Lavagna arregló con sus aliados radicales suspender la interna y Alberto Rodríguez Saá surgió de un ameno acuerdo de cúpulas. Lo más interesante es la lista de los seis republicanos (sic) que cumplieron de distintas maneras con las formalidades de la democracia partidaria: Fernando Pino Solanas (Proyecto Sur), Vilma Ripoll (MST), Néstor Pitrola (Partido Obrero), José Alberto Montes (PTS), Luis Alberto Ammann (Partido Humanista) y Raúl Castells (MIJDS). Lo cual podría ser atribuido a que la conciencia cívica reluce mucho más en la izquierda o bien a que cuanto más chico es un partido más sencillo resulta todo.

Se habla de que el año próximo podrían reponerse las colectoras, inventadas hace mucho pero casualmente institucionalizadas mediante decreto por Cristina Kirchner en 2011 como ornamento de las primeras PASO. Fueron derogadas en 2019 por Mauricio Macri porque generaban confusión en el electorado, se explicó entonces, y afectaban la transparencia. Argumentos difíciles de rebatir.

Como su nombre lo indica, las colectoras permiten sumarle al candidato a presidente los votos de varios candidatos intermedios distintos. Pero si con la vieja boleta sábana ya era complicado, ahora con la Boleta Única de Papel (que se propagandizó como simplificadora) lo sería mucho más. Habría que expandirla horizontalmente para que entre todo, que igual no entraría: a la mayor parte de la lista sería necesario colgarla en la pared en afiches gigantes.

Sin disimular el oportunismo, como se ve, se están rediseñando las reglas para 2027. Hay que reconocer que en la Argentina por lo menos existe una regla electoral inamovible, vitalicia, de acero: es la que dice que antes de cada elección siempre se deben cambiar las reglas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/reglas-a-medida-nid08072026/

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