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Reservas hasta junio: Una chef porteña conquista a los franceses con un bodegón de milanesas con tagliatelle cacio e pepe

De una infancia marcada por la precariedad y la disfuncionalidad familiar a un recorrido que la llevó de Punta del Este al sur de Francia, con experiencias en restaurantes con estrella Michelin y ...

Reservas hasta junio: Una chef porteña conquista a los franceses con un bodegón de milanesas con tagliatelle cacio e pepe

De una infancia marcada por la precariedad y la disfuncionalidad familiar a un recorrido que la llevó de Punta del Este al sur de Francia, con experiencias en restaurantes con estrella Michelin y ...

De una infancia marcada por la precariedad y la disfuncionalidad familiar a un recorrido que la llevó de Punta del Este al sur de Francia, con experiencias en restaurantes con estrella Michelin y hoteles de alta cocina. Hoy dirige su propio bodegón en Marsella, la segunda ciudad más poblada del país. Aunque abrió hace pocos meses, ya es un éxito total: si no se reserva, es imposible conseguir mesa. La Casa Porteña funciona a sala llena y “cada persona es atendida como si estuviera comiendo en mi casa”, afirma la chef.

Bárbara Barbieri nació en La Boca, en 1994. Nieta de italianos, hija de un taxista y de una ama de casa, es la hermana del medio de tres. Su historia es la de una niña, hoy mujer, atravesada por la superación.

Empezó a cocinar a los siete años. “Yo de chiquitita, en vez de mirar dibujitos, miraba Utilísima y a Carlos Arguiñano. La cocina estuvo muy presente desde que nací, me encantaba. Mi primera receta fue muy fallida: traté de hacer unas galletitas y me olvidé la harina, así que se derritió toda la manteca”, recordó la chef.

Creció en un conventillo del Abasto, sin agua caliente. La cocina fue su refugio frente a una infancia extremadamente difícil. “Vengo de una familia muy disfuncional. La realidad es que cocinaba sola. Tuve una mamá narcisista, muy violenta, que nunca me quiso, entonces fui muy golpeada de chica. Creo que encontré en la cocina un refugio. Fue el lugar donde pude canalizar todo eso. Encontré gente con historias duras como la mía y transformamos lo malo en algo lindo: darle de comer a la gente”, sostuvo.

Comenzó a estudiar en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG) en Buenos Aires y se recibió en menos de dos años. “Es la mejor escuela de cocina de Latinoamérica, el mejor lugar de todos. Me formaron de una manera impresionante, estoy muy agradecida con todos mis profesores”, afirmó.

Mientras estudiaba tuvo su primer trabajo en El Preferido de Palermo, uno de los bares notables más prestigiosos de la ciudad. “Estuve como un año haciendo pasantía sin cobrar ni siquiera propinas. Trabajé gratis mientras estudiaba y aprendí muchísimo. Esa fue mi primera experiencia en gastronomía”, dijo.

Primer paso en el exterior

Tras recibirse se mudó a Uruguay en 2022, donde permaneció dos años. Durante ese período trabajó como chef y sous-chef en distintos establecimientos, incluidos restaurantes de fine dining y de cocina vietnamita. Allí terminó de consolidar su formación profesional.

Fue en Punta del Este donde surgió la idea de irse a Europa, al país de la alta cocina: Francia. “Quería trabajar en una estrella Michelin. Pasé 48 horas con dos computadoras haciendo F5 para conseguir la work and holiday. Sin dormir. Y lo logré”, contó. Ya tenía en la mira a un chef reconocido: Ludovic Turac, del restaurante Une Table au Sud, en el puerto de Marsella, distinguido con una estrella Michelin. “Le había puesto el ojo, como quien dice. Me vine en 2022 con el deseo de trabajar con él”, explicó.

Llegó a Francia el 2 de julio de 2022. “Le dije que venía desde Sudamérica y que siempre quise trabajar en este tipo de lugares. Me dijo que sí. Fue una locura. Si ya hay pocas mujeres en gastronomía en Francia, sudamericanas en estrella Michelin no había ninguna”, sostuvo.

Sin embargo, poco después de su llegada, el restaurante atravesó una crisis inesperada. “Tuvieron que hacer todo de vuelta, todo de cero. Fue una pérdida total lo que tuvieron”, relató.

Mientras esperaba la reapertura, se instaló en un piso compartido. Durante ese primer mes encontró un trabajo temporario en el hotel Le Mas des Écureuils, de tres estrellas, ubicado cerca de Aix-en-Provence, a unos 30 minutos de Marsella.

Para Bárbara, la experiencia en el hotel fue especialmente ardua. “Fue muy difícil trabajar ahí. Había mucho machismo en la cocina. Me encontré en un ambiente mayoritariamente masculino y de culturas diferentes, donde la visión sobre la libertad de la mujer era muy distinta, nada que ver con la que tenemos en la Argentina”, sostuvo la chef.

A ese clima se sumaron episodios de acoso y un malestar que se volvió crónico. Finalmente, decidió abandonar el hotel. Al hacerlo, quedó en una situación límite: se encontró en Marsella, sola, sin dinero, sin hablar francés y con dos valijas en la calle. “En ese momento crítico recurrí a un grupo de WhatsApp de argentinos en la ciudad. La respuesta fue inmediata: más de 20 personas me ofrecieron ayuda económica y una pareja de la Patagonia me alojó en su casa durante dos semanas”, recordó.

Poco después logró ingresar en el restaurante del chef Ludovic Turac. Aunque representaba un sueño cumplido, la experiencia fue, según sus propias palabras, “durísima”. “Era la única mujer en un equipo de 30 hombres y no hablaba el idioma al principio. Fue muy duro psicológica y físicamente. Hay muchísimo machismo en la alta cocina. Me decían: ‘Es la primera vez que vemos una mujer sudamericana acá’. No sabía si era un halago o un insulto”, relató.

Las condiciones laborales también fueron extremas. “Trabajábamos 17 horas por día. El sueldo era menos del mínimo. Aprendí mucho, pero el conocimiento no me pagaba el alquiler”, agregó.

Tras varios meses intensos, dejó el restaurante Michelin cuando finalizaba su visa. En ese período conoció a quien luego sería su esposo. Decidió entonces alejarse momentáneamente de la gastronomía, estudiar coaching, recibirse y certificarse profesionalmente en ese sector. Trabajó durante un tiempo en el coaching.

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En 2024 quedó embarazada y en 2025 nació su hijo. Con la maternidad volvió también el deseo por la cocina. “Empecé a extrañar la comida argentina, tenía muchos antojos de cosas nuestras y empecé a pensar en volver a la gastronomía, pero desde otro lugar. Con un enfoque mucho más humano, aplicando herramientas que había aprendido en los últimos años, y con ganas de demostrar que se puede hacer gastronomía buena sin explotar a la gente, sin gritar, sin hablar mal. Pasé cosas tan duras que no quiero que nadie que trabaje conmigo pase lo que pasé yo”, sostuvo.

Así comenzó a tomar forma el proyecto que más tarde sería La Casa Porteña. “La idea era abrir en 2027. Pero apareció el local, apareció la plata, apareció todo. Mi bebé tenía cuatro meses. Estaba recién parida y decidí arrancar”, afirmó.

El restaurante se levantó en apenas un mes. “Fue una locura. Pintamos todo a mano. La comunidad latina vino a ayudar”, contó. El lugar fue pintado de azul, y el nombre junto al logo fue realizado por un tatuador y artista urbano que dibujó un sol amarillo en el centro para captar la atención de vecinos y transeúntes.

Además, el restaurante está en pleno centro de Marsella en el distrito cuatro. El espacio es amplio: tiene dos pisos, con dos salones, y una terraza con capacidad para 20 o 25 personas. En total, el local puede albergar entre 50 y 55 comensales.

El 10 de octubre de 2025 el sueño se concretó: La Casa Porteña abrió sus puertas. El día de la inauguración, más de 100 personas hicieron fila para entrar. “Y yo pensaba: ‘Es el peor día de mi vida, quiero que termine’. Ahora sí lo disfruto”, confesó.

El concepto arrancó como un brunch argentino. “Vendíamos medialunas, chipá, alfajores, facturas de grasa y servicio de mate. Les explicaba cómo cebarlo. Los franceses son muy curiosos, les encanta aprender ese tipo de cosas”, explicó Barbieri.

Con la llegada del invierno, el concepto mutó hacia un bodegón porteño. “Empezamos a hacer empanadas fritas, fugaceta, milanesa con tagliatelle cacio e pepe, ossobuco con polenta”, contó.

Para Bárbara, su proyecto es mucho más que vender comida. Siente que cada plato lleva detrás una historia que merece ser contada. “Muchos franceses me preguntan si la milanesa no es italiana. Les tengo que hacer un recap de la historia de Buenos Aires, de la inmigración genovesa. No saben que el 70% somos descendientes de italianos en Buenos Aires”, explicó.

El crecimiento de La Casa Porteña fue vertiginoso. Hace algunas semanas explotó en redes sociales, cuando una influencer francesa especializada en gastronomía publicó un video recomendando el restaurante. “No entiendo nada, estoy en shock. Explotó el restaurante. La milanesa con tagliatelle cacio e pepe es una locura. Hacemos más de 50 por semana. Estamos llenos hasta mitad de junio”, afirmó la joven porteña.

Hoy su principal desafío es sostener el nivel alcanzado. “Quiero mantener la calidad. Hacemos todo a mano. Cada persona que viene la atiendo como si estuviera comiendo en mi casa”, señaló. Además, aunque el eje es el bodegón clásico, busca incorporar una impronta más joven. “Me gustaría tener DJ, tango electrónico. Mostrar la cultura de una manera más joven”, sostuvo.

Hoy Bárbara se siente profundamente feliz. Con un bebé de menos de un año y un restaurante que funciona a sala llena, mira hacia atrás y dimensiona el recorrido: “Yo nací en un conventillo sin agua caliente. Hoy vivo a dos cuadras del restaurante, tengo mi casa, mi hijo. Me siento privilegiada”.

Y, después de todo lo vivido, mantiene un objetivo claro: “Llegué, guacho. Ahora quiero dejar la bandera argentina lo más alto que se pueda. Siendo mujer, mamá, emprendedora y extranjera”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/reservas-hasta-junio-una-chef-portena-conquista-a-los-franceses-con-un-bodegon-de-milanesas-con-nid21022026/

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