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Sarmiento, la inteligencia artificial y la urgencia olvidada

Cuando Domingo Faustino Sarmiento asumió la presidencia de la Nación en 1868, la Argentina era un país con enormes limitaciones materiales e institucionales. El primer censo nacional, realizado ...

Sarmiento, la inteligencia artificial y la urgencia olvidada

Cuando Domingo Faustino Sarmiento asumió la presidencia de la Nación en 1868, la Argentina era un país con enormes limitaciones materiales e institucionales. El primer censo nacional, realizado ...

Cuando Domingo Faustino Sarmiento asumió la presidencia de la Nación en 1868, la Argentina era un país con enormes limitaciones materiales e institucionales. El primer censo nacional, realizado en 1869, reveló una realidad alarmante: cerca de tres cuartas partes de la población eran analfabetas. Sin embargo, Sarmiento comprendió que aquel no era simplemente un problema educativo. Era un obstáculo estructural para el desarrollo económico, la construcción institucional y la integración social del país.

Inspirado por el sistema educativo estadounidense y por las ideas de Horace Mann, impulsó una transformación que cambiaría el destino de la Argentina. El desafío era inmenso. No existían suficientes docentes para sostener una expansión masiva de la escolarización. La respuesta fue tan simple como audaz: traer maestras norteamericanas para formar a las futuras generaciones de educadores argentinos. Más de 60 mujeres llegaron al país para organizar las Escuelas Normales, enseñar métodos pedagógicos modernos y multiplicar la capacidad del sistema educativo.

La iniciativa no fue improvisada. Era el resultado de una visión estratégica que Sarmiento había madurado durante años. Lo notable no fue sólo la decisión de incorporar maestras extranjeras, sino la comprensión de que el desarrollo de una nación dependía de la construcción deliberada de capacidades humanas. Los resultados fueron extraordinarios. En apenas medio siglo, la Argentina pasó de ser una sociedad mayoritariamente analfabeta a ubicarse entre los países con mayores niveles de alfabetización fuera del mundo anglosajón. La educación se convirtió en uno de los pilares del crecimiento económico, de la movilidad social y de la consolidación de una amplia clase media que distinguiría al país durante gran parte del siglo XX.

La experiencia sarmientina constituye una de las demostraciones más contundentes de la importancia del liderazgo político. Un dirigente identificó un problema estratégico, construyó una visión de futuro y movilizó recursos e instituciones para resolverlo. Supo convertir una cuestión importante en una cuestión urgente. Más de 150 años después, la Argentina enfrenta un desafío de naturaleza diferente pero de magnitud comparable.

Vivimos en una época en la que el conocimiento se ha convertido en el principal factor de creación de riqueza. Nunca antes en la historia la capacidad de una sociedad para generar talento, innovación y adaptación tecnológica había sido tan determinante para su prosperidad. La revolución digital primero, y la inteligencia artificial después, han modificado profundamente la forma en que producimos, aprendemos, trabajamos y nos relacionamos.

Sin embargo, una parte significativa de nuestra población carece de las competencias necesarias para desenvolverse plenamente en este nuevo entorno. Del mismo modo que el analfabetismo tradicional limitaba las oportunidades de millones de personas en el siglo XIX, la falta de capacidades digitales y cognitivas se ha transformado en una nueva forma de exclusión social. Existe una nueva marginalidad: la marginalidad digital.

Cuanto más rápido avanza la tecnología, mayor es la distancia que separa a quienes pueden comprenderla y aprovecharla de quienes permanecen al margen de ella. La inteligencia artificial amplifica esta dinámica. Las personas, las organizaciones y los países capaces de incorporarla productivamente multiplicarán sus posibilidades de crecimiento. Quienes no lo hagan verán reducirse progresivamente sus oportunidades. La preocupación se vuelve aún más relevante cuando se observa la situación del sistema educativo argentino.

Numerosos indicadores muestran un deterioro persistente en los niveles de aprendizaje

Durante gran parte del siglo XX, la escuela fue una de las instituciones más exitosas de la sociedad argentina. Constituyó un mecanismo de integración cultural, movilidad social y formación de capital humano. Hoy, sin embargo, numerosos indicadores muestran un deterioro persistente en los niveles de aprendizaje. A ello se suma la creciente dificultad para adaptar los contenidos, las metodologías y las estructuras educativas a las demandas de una economía basada en el conocimiento.

La realidad es además profundamente heterogénea. Resulta cada vez más difícil hablar de un único sistema educativo nacional. Las diferencias entre regiones, niveles socioeconómicos, infraestructura disponible y contextos institucionales generan experiencias educativas muy distintas y oportunidades profundamente desiguales. Lo más preocupante es que esta problemática parece haber perdido centralidad en la agenda pública.

La economía domina la conversación política. La inflación, el déficit fiscal, el tipo de cambio o la deuda ocupan diariamente titulares, debates parlamentarios y discursos de campaña. Son cuestiones importantes y urgentes. Pero mientras discutimos cómo administrar la riqueza existente, prestamos escasa atención a la formación de las capacidades que permitirán crear la riqueza futura.

La educación parece relegada a un segundo plano

La paradoja es evidente. Justo cuando el conocimiento se convierte en el principal activo económico del mundo, la educación parece relegada a un segundo plano. Justo cuando la inteligencia artificial multiplica el valor de las capacidades cognitivas, la formación de esas capacidades pierde protagonismo político. La ausencia de una visión estratégica compartida constituye uno de los mayores riesgos para el futuro del país.

Sin embargo, sería un error concluir que estamos condenados al fracaso. La historia demuestra que las transformaciones profundas no siempre comienzan en el Estado. La sociedad civil posee hoy capacidades que generaciones anteriores no tuvieron. Empresas, universidades, organizaciones sociales, fundaciones, comunidades profesionales y ciudadanos individuales pueden desempeñar un papel decisivo en la construcción de nuevas competencias.

Las empresas pueden capacitar a sus colaboradores. Las universidades pueden acelerar la actualización de sus programas. Las organizaciones sociales pueden acercar herramientas digitales a sectores vulnerables. Los medios pueden contribuir a instalar el debate. Y cada persona puede asumir la responsabilidad de aprender y adaptarse en un entorno de cambio permanente.

La acción de la sociedad civil es indispensable, pero no sustituye la necesidad de liderazgo político

Pero también es cierto que ninguna sociedad ha logrado universalizar oportunidades educativas únicamente mediante esfuerzos dispersos. La acción de la sociedad civil es indispensable, pero no sustituye la necesidad de liderazgo político. Solo el Estado posee la escala necesaria para garantizar que las oportunidades lleguen a todos los sectores sociales y a todas las regiones del país. Por eso la enseñanza más valiosa de Sarmiento no reside en las soluciones concretas que aplicó en el siglo XIX, sino en su capacidad para reconocer una prioridad histórica antes que los demás.

Nuestra generación enfrenta un desafío equivalente. Necesitamos comprender que la alfabetización digital, la formación científica y el dominio de la inteligencia artificial no son cuestiones sectoriales ni tecnológicas. Son condiciones fundamentales para el desarrollo económico, la inclusión social y la competitividad nacional. La Argentina no necesita nostalgia. Necesita recuperar la capacidad de identificar los desafíos estratégicos de su tiempo y actuar en consecuencia.

La tarea de la sociedad civil es mantener viva esa convicción, innovar, experimentar y demostrar que el cambio es posible. La tarea del liderazgo político es más exigente: convertir esa convicción en una prioridad nacional. Sarmiento entendió que el analfabetismo era un problema urgente porque comprometía el futuro del país. Hoy necesitamos dirigentes capaces de comprender que la brecha cognitiva y digital representa un desafío de la misma magnitud. La política suele ocuparse de lo urgente. El liderazgo consiste en comprender que, a veces, lo más importante también debe volverse urgente.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/sarmiento-la-inteligencia-artificial-y-la-urgencia-olvidada-nid13072026/

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