Se estrena Nuestra tierra, el documental de Lucrecia Martel sobre el asesinato de un cacique en Tucumán
“Señor, ten piedad de nosotros” reza la letra de Ariel Ramírez en “La Misa criolla”, interpretada por Mercedes Sosa. No será la única vez que la invocación a la figura de Dios se haga ...
“Señor, ten piedad de nosotros” reza la letra de Ariel Ramírez en “La Misa criolla”, interpretada por Mercedes Sosa. No será la única vez que la invocación a la figura de Dios se haga presente en Nuestra tierra, el primer documental de Lucrecia Martel. Lo invocan las autoridades del tribunal en el juicio que se llevó a cabo en Tucumán por el asesinato del cacique Javier Chocobar, referente de la comunidad de Chuschagasta. Y también lo sugiere esa mirada desde el más allá que inaugura los primeros planos de la película, cuando la Tierra aparece vista en el marco del espacio exterior. Incluso la mirada mecánica de los drones que contribuyen en la reconstrucción del crimen, que es eje y disparador del relato en Nuestra tierra, anuncia la herejía de la ilusoria objetividad.
Por primera vez, Lucrecia Martel filma un documental, luego de ficciones como La ciénaga (2001), La niña santa (2004), La mujer sin cabeza (2008) y Zama (2017), además de varios cortos que conforman una obra ejemplar. Catorce años de investigación y una titánica aventura para conseguir dar con la forma justa la condujo hasta el estreno de este jueves 5 de marzo en las salas argentinas. Un camino que se inició con un video hallado en los vericuetos de internet cuando investigaba para Zama, su última ficción, y que tuvo las vicisitudes del cine argentino: conseguir financiamiento, formar un frondoso archivo, escribir el guion junto a María Alché, hallar la estructura última de esa película que tanto ponía en juego. No solo su incursión en el registro testimonial y su atención a las historias olvidadas de los pueblos originarios, sino seguir el reclamo del pueblo Chuschagasta, el reclamo por sus tierras y por la justicia que espera la familia Chocobar.
“Para una historia sobre el conflicto de tierras este y cualquier contexto han sido adversos”, reflexiona Lucrecia Martel en la conferencia de prensa de presentación de su película ante los medios y la consulta por el estado del cine argentino hoy.
“El problema que da origen a esta película, una persona asesinada defendiendo lo que ha sido siempre su lugar, es algo que ha ocurrido en los últimos 200 años de nuestro país, solo por nombrar el tiempo de la Nación Argentina. En el presente estamos ante circunstancias mundiales donde hemos visto que se pueden arrasar pueblos para obtener tierras o recursos con fines egoístas. Esta situación planetaria es reveladora del gran bien que es la tierra y de la necesidad de la gente de defender el lugar en el que vive, donde tiene su familia. Creo que nosotros como país tenemos que enfrentar este problema y alguna vez intentar encontrarle una solución”.
Parajes y paradojasNuestra tierra comienza con una paradoja, el cruce entre la belleza y la muerte. La belleza de los paisajes del valle tucumano en la zona de El Chorro, un paraje ubicado a 30 km de la ruta 9, donde se encuentra una cantera de lajas que fue eje de disputa entre Darío Amín, Luis Gómez y José Valdivieso, los imputados, y la comunidad de Chuschagasta. Allí el rumor de los ríos y la imponencia de los cerros arbolados se tiñeron de sangre en octubre de 2009 cuando la vida de Javier Chocobar terminó para siempre. La muerte quedó registrada en el audio de un video que filmó el mismo Darío Amín, imágenes de una cámara que registran forcejeos y gritos de horror, el agite de las lajas y la polvareda de la fatalidad. Y en esa encrucijada el documental reconstruye lo sucedido a partir del juicio, realizado en los tribunales nueve años después, en 2018, con los alegatos de defensa, las declaraciones de testigos, el intento de llegar a la verdad.
Pero Nuestra tierra es también el recorrido por la memoria silenciada de los habitantes de esa región, sus fotografías, sus recuerdos, su reclamo tanto tiempo desoído. “Es una película que trabaja con la memoria”, destaca la coguionista María Alché. “De hecho, la primera parte de la investigación consistió en revisar la causa de tierras que afectaba a esta comunidad, y ahí comenzaron a aparecer un montón de documentos que nos hicieron reflexionar sobre el origen de esa disputa. Preguntarnos qué es un documento, qué es lo que guarda un archivo, y las historias que asoman en las fotografías, que reponen una memoria que no está narrada, y en la que muchos se pueden reconocer. Cuando uno hace cine, la mayor esperanza es que la película permita que otras personas se sientan reflejadas, puedan reconocer a sus pares, que abra conversaciones, memorias, preguntas. Que el efecto se extienda más allá de la sala y de la pantalla”.
En la conferencia de prensa luego de la película, Martel, María Alché -además de colaboradora en Nuestra tierra, actriz de La niña santa, directora de Familia sumergida y Puan, coguionista de Zama- y los productores de Rei Pictures, Matías Roveda y Santiago Gallelli, hablaron sobre el estado del cine argentino. “Lo que está pasando con el cine argentino es lamentable porque es una industria que genera mucho valor agregado”, comienza Martel.
“Comparto la voluntad de la nueva administración de que sea razonable el gasto administrativo, que se modifiquen oficinas y leyes, pero siempre que el objetivo sea aumentar el trabajo, aumentar la cantidad de películas y salas de cine, diversificar el discurso. Pero todo eso no está claro”. En sintonía con lo dicho por la directora y retomando la noticia de la prórroga por tan solo un año y medio de la principal fuente de financiamiento del INCAA, Roveda declara que “lo que la industria cinematográfica necesita es previsibilidad y hoy no la tenemos. Cuando asumió, este gobierno prometió recuperar la competitividad y modernizar herramientas que necesitaban adecuarse a una industria que cambió en todo el mundo, y eso lamentablemente no sucedió”.
El ruido y la furiaEl sonido es un protagonista dominante en el mundo de Lucrecia Martel. Lo fue en todas sus películas, sobre todo en Zama -inspirada en la novela de Antonio Di Benedetto- cuando recorría tensiones y conflictividad por el territorio en los tiempos de la colonia, y lo es ahora en Nuestra tierra. El sonido es múltiple: es el que persiste de las grabaciones del crimen, son las palabras de Hortensia, la viuda de Chocobar, sobre las fotografías de juventud de su marido, el masticar de las cabras en el pastaje, los acordes del chamamé en algún festival, el murmullo de impunidad en el tribunal. Y también la historia oral de nuestra tierra, el derrotero del país desde la configuración de la nación y la pretendida extinción de la comunidad indígena.
La palabra de los historiadores, la construcción de la identidad, los documentos y las fotografías, son todos materiales de factura humana que adquieren nueva forma, nueva dimensión. Martel consigue una película que busca abrir un debate, propiciar una discusión, ofrecer una ventana donde todas las puertas parecían cerradas.
“A diferencia de Zama, lo que importa en Nuestra tierra es el presente. El Estado-Nación en relación a la propiedad de la tierra por parte de las comunidades indígenas”, explica Martel. “Esto no es un problema de la Colonia, no lo es desde 1810. Es un problema nuestro, de nuestra nación. ¿Qué fue lo que inventamos? Una nación que desprecia -con distintos argumentos a lo largo de las épocas- al indio y su descendencia. Que hoy son un montón de gente que conocemos”.
La idea de la extinción de la comunidad Chuschagasta es diseminada en el juicio como coartada para los imputados, y también relevada de historiadores tucumanos que aparecen en entrevistas impugnando la identidad de los pobladores, su historia y pertenencia a las tierras. “El problema que plantea esta película es el hoy, es el futuro. La Colonia sentó unas bases, pero luego se creó un país y muchas de esas bases no las cambiamos”, concluye.
El estreno local de Nuestra tierra, luego de su estreno mundial en el Festival de Venecia del año pasado, y su paso posterior por los festivales de Toronto, Nueva York, San Sebastián, Río de Janeiro y Gijón, actualiza discusiones pendientes no solo en el terreno de la propiedad de la tierra y el rol de la justicia, sino en la importancia del valor de una cultura que es necesario reconocer y preservar. “Es peligroso no tener representaciones. No es un caprichito de la gente del cine. Tener imágenes que compartir supone vernos, conversar, darles valor a nuestras ciudades, a las costumbres más triviales. Es lo que hace que un grupo de gente sea un país. Tener un acervo simbólico compartido. Si eso no está, es muy peligroso para el futuro. Es muy peligroso en qué se transforma un país sin una cultura compartida”, enfatiza la directora.
El cine llega a la comunidad de Chuschagasta cuando una pantalla reproduce esas imágenes donde son protagonistas. Esa pantalla es en la que los Chuschas pueden ver su historia como antes vieron las de otros, la del pueblo cristiano en la película Ben-Hur que recuerda el comunero Demetrio Balderrama, la que antes mostró la sangre de Chocobar como el horror de ese pueblo.
“Ojalá la película sirva para tener un poco de paciencia antes de juzgar a los descendientes de pobladores originarios que reclaman tierras. La gente de las comunidades se fue del campo a la ciudad a buscar trabajo, a tratar de sobrevivir. Y cuando vuelven a su lugar son tomados por aprovechados. No lo hicieron para no ser indígenas. Es la mirada urbana la que borra la identidad de quienes migran”, explica con insistencia Martel. “Al conocer las trayectorias de vida de los integrantes de la comunidad asumimos un profundo respeto por cada lucha, cada pérdida, cada sufrimiento”, agrega Alché.
Nuestra tierra es más que la crónica de un crimen y su juicio, es la restitución de la propia identidad afincada en una tierra originaria. Con material fotográfico de los propios pobladores, imágenes de drones del Ministerio Público en la reconstrucción del caso Chocobar, testimonios que esgrimen una danza entre lo posible y lo inalcanzable, Martel conjuga una mirada atenta, de arraigo popular y de vocación humana. La melodía de Cafrune acompaña su canto, sus imágenes son esas notas vistas desde el más allá. Una tierra de sueño y pesadilla que es necesario contar.