Sergio Baur: “Como muchos, tenía el prejuicio de que la Academia era elitista, pero me doy cuenta de que era un concepto erróneo”
En conmemoración por el 90° aniversario de la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA), creada el 1° de julio de 1936, este miércoles se inaugura la exposición 90 años de la Academia Nacional...
En conmemoración por el 90° aniversario de la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA), creada el 1° de julio de 1936, este miércoles se inaugura la exposición 90 años de la Academia Nacional de Bellas Artes. Un recorrido por su patrimonio en la Casa Victoria Ocampo del Fondo Nacional de las Artes (Rufino de Elizalde 2831), a pocos metros de la sede de la ANBA (Sánchez de Bustamante 2663). Al cuidado del presidente de la entidad, el diplomático, curador e historiador Sergio Baur (Buenos Aires, 1958); la secretaria del Fondo Patrimonial y Acción Cultural, Mariana Castagnino, y la coordinadora de Archivo y Colección de la institución, Victoria Lopresto, la muestra reúne piezas que integran el patrimonio artístico, bibliográfico y documental de la Academia. Se podrá visitar hasta el 21 de agosto, de lunes a viernes de 11 a 19, con entrada libre.
En diálogo con LA NACION, Baur define la exposición como “una muestra de cámara, una especie de gabinete que, en la sala de la Casa Victoria Ocampo, nos daba la posibilidad de mostrar distintos materiales y documentos que pusieran en valor todas aquellas actividades que ha llevado la Academia a través de sus académicos de número, muchos de ellos personajes de la historia de la cultura argentina como Gachi Hasper, Matilde Marín, Carola Zech, Pablo La Padula, Aldo Sessa, Eduardo Médici, Diana Dowek, José Fioravanti, Josefina Robirosa y Noemí Gerstein”.
Incluye una selección de la producción editorial de la ANBA, como los tomos de Historia general del arte en la Argentina y los números de la revista Temas, y un recorrido por los archivos y legados donados a la ANBA, donde se exhiben piezas de gran valor patrimonial, como las fotografías inéditas de Victoria Ocampo junto a Igor Stravinsky durante su primera visita a la Argentina; ilustraciones originales realizadas por Horacio Butler para las tapas de la editorial Sudamericana en la década de 1950; el cuaderno de dibujos del arquitecto Alejandro Christophersen y los planos de Alejandro Bustillo para la remodelación de la Casa de Bombas, actual sede del Museo Nacional de Bellas Artes.
“Tenemos una documentación muy interesante de la ópera Bomarzo, de Alberto Ginastera y Manuel Mujica Lainez, que como sabemos todos fue censurada durante el gobierno de Onganía -dice Baur-. En el archivo encontramos documentos como el telegrama que envió el compositor estadounidense Aaron Copland, expresando su solidaridad ante la censura, y una carta del secretario de la Presidencia de Estados Unidos que le sugiere a Onganía permitir la puesta en escena de la ópera”.
-¿Y se levantó la censura?
-No. La primera vez que se pudo dar Bomarzo en el Teatro Colón fue en 1972, y de ahí tenemos el primer programa, con un autógrafo de Ginastera. Esa documentación es muy interesante. La Academia tiene distintas comisiones: Artes Visuales, Historia y Crítica del Arte, Música, Arquitectura, y cada una está representada en la exposición. Ginastera fue un académico de número.
-¿Cuántas obras se exponen?
-Alrededor de treinta de las más de 150 que tiene la colección de la ANBA, de artistas vivos y ya fallecidos, como una obra maravillosa de Juan Melé, y obras de contemporáneos como Gachi Hasper, Pablo La Padula, fotografías de Aldo Sessa, que hoy es un académico emérito, con las mismas prerrogativas que un académico de número. Y también tenemos en exhibición obras del fondo documental, como las fotografías de un pionero, Francisco Ayerza, con retratos de personajes populares de la ciudad y del campo. Y barriletes hechos por Josefina Robirosa, Alejandro Puente y Edgardo Giménez en una actividad performática que promovió la Academia.
-Hicieron, además, una selección de las publicaciones.
-Estamos exhibiendo publicaciones, desde las referidas al relevamiento patrimonial del arte colonial en todo el país hasta los tomos de la historia del arte argentino, que en la presidencia de Matilde Marín llegó al Tomo XIII. Fue un gran esfuerzo que hizo la Academia y Matilde a través de su edición de poder llegar hasta la actualidad; todos los tomos que vengan a continuación van a reflejar el estado del arte contemporáneo en la Argentina, una materia sobre la que la Academia se debe expedir. También la revista Temas; quiero resaltar que el Departamento de Publicaciones de la ANBA está a cargo de la doctora Marta Penhos y para cada número anual se elige un tema para ser desarrollado monográficamente. El próximo, a cargo de la doctora María Alba Bovisio, está vinculado a la herencia originaria del arte argentino, con una actualización de las distintas teorías del arte precolombino argentino que nos parecía necesario refrescar y poder transmitir según el estado de las nuevas investigaciones.
-¿Cuáles son las funciones de la Academia?
-Son variadas: desde la conservación y la defensa del patrimonio cultural hasta la investigación. Es también un ámbito de consulta, tanto en lo oficial como en lo privado. La Academia recibe permanentemente consultas de distintos organismos nacionales e internacionales que solicitan información para poder definir una situación de investigación o un testimonio sobre distintos temas.
-¿Por ejemplo?
-Recientemente, hubo una consulta pública internacional sobre la Galería Müller, en los primeros años de las primeras décadas del siglo XX, en la ciudad de Buenos Aires. Tendrán algún litigio con una obra en la que debe aparecer la etiqueta de la Galería Müller y quieren certificar los años que la galería estuvo activa y quiénes eran los artistas en ese entonces.
-¿Va a expedirse la ANBA sobre la situación del monasterio y la iglesia de Santa Catalina de Siena?
-Se va a expresar. Se va a expresar y va, obviamente, a recomendar la preservación del edificio, tanto del monasterio como de la iglesia. Hemos trabajado y nos hemos reunido con la Comisión de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos para estar actualizados en toda la información sobre esta situación. Y nos encontramos con que la preocupación por el complejo de Santa Catalina ya había sido expresada por la Academia en los años 60 en una publicación sobre arquitectura colonial. Vemos que históricamente se mantienen los principios de la preservación del patrimonio cultural del país. Lo nuestro es una recomendación hecha desde el mejor lugar, o sea, una recomendación de lo que la Comisión de Arquitectura de la ANBA piensa sobre determinados temas. La Comisión de Arquitectura está presente en la Academia desde el tiempo de su fundación. Actualmente la preside el arquitecto Fernando Diez. Los grandes arquitectos argentinos del siglo XX, como Clorindo Testa, Justo Solsona o Mario Roberto Álvarez, han sido académicos.
-¿Quiénes lo acompañan en la gestión?
-La presido por tres años, hasta finales de 2027, y la vicepresidenta es la doctora Marta Penhos. La mesa directiva está conformada por la crítica e historiadora del arte Andrea Giunta, la artista textil Gracia Cutulli, la artista Gachi Hasper y el músico Carlos López Puccio, uno de los Luthiers.
-¿Por qué se postuló a la presidencia?
-Generalmente es una sugerencia de la Academia, porque si bien puede haber listas se ha dado muy pocas veces. Todas las decisiones de la Academia son logradas a través de la elección, por votaciones, porque es un cuerpo profesional que lo que aspira es al funcionamiento y a la excelencia de la institución. Eso es lo que más nos interesa. Para mí fue un gran honor haber ingresado en 2017 como académico de número. Yo vengo de la diplomacia, siempre me interesé y trabajé en lo que es la diplomacia cultural, en mis distintos destinos. Por haberme graduado en Historia, me interesaron periodos significativos de la historia de la cultura argentina, como son las vanguardias argentinas. Fui curador de las muestras de la revista Martín Fierro y de la revista Claridad en el Museo Nacional de Bellas Artes. Luego me gustó muchísimo trabajar, no digo en el rescate, pero sí en la puesta en valor y en un interés más contemporáneo de la figura de Norah Borges, que me pareció que había estado eclipsada por la figura de su hermano. Aunque ellos tenían una relación magnífica, no trascendió la obra de Norah como debería haber trascendido, probablemente por la época, por ser mujer y por ser hermana del escritor en lengua española más importante del siglo XX. Es un tema que trabajé mucho y, finalmente, Andrés Duprat me invitó a hacer la exposición en el Bellas Artes.
-¿Cómo se ingresa en la Academia?
-Cada uno de los académicos, según su formación profesional o según su actividad, es presentado al plenario por la comisión que está más cercana a esa persona; en mi caso fue la de Historia y Crítica del Arte, que tiene personalidades como José Emilio Burucúa y Laura Malossetti Costa. Realmente para mí fue un gran honor porque yo venía del ámbito de la gestión cultural, sobre todo de la gestión cultural internacional. Había sido curador en varias muestras en el exterior del país, y me pareció sumamente interesante y un gran honor que me invitaran a participar de la Academia. Y a los pocos años recibí el ofrecimiento de presidir la institución. Me gusta muchísimo porque es una tarea de gestión cultural y de administración de recursos. Yo encuentro que en el siglo XXI las academias se van reformulando según los intereses y las necesidades que tienen las audiencias en general y el público especializado en particular. Me pareció un gran desafío, y me encontré con que íbamos a celebrar durante mi presidencia los noventa años de institución.
-¿Qué es la diplomacia cultural?
-Es una herramienta importantísima de la política exterior de todos los países, que ha tenido más envergadura, mayor acción, a partir de la Segunda Guerra Mundial. Consiste en la transmisión, la difusión y la promoción de la cultura del país en distintos lugares del mundo, ya sea apoyando a los artistas y a los escritores que se encuentran en esos destinos específicos, o con tareas que tienen que ver con la agenda cultural internacional, como pueden ser las bienales, las ferias del libro internacionales. La diplomacia cultural tiene estas grandes plataformas que son de alta visibilidad, en donde los países muestran lo que es su creación. Surge en realidad surge desde tiempos inmemoriales, desde las primeras civilizaciones, porque todos los países quieren mostrar en un contexto internacional lo mejor que produce cada uno. Desde ese punto de vista, estoy muy agradecido a lo que fue mi carrera diplomática en la Cancillería, en función de poder trabajar bastante intensamente en estos temas.
-¿Eso se sigue haciendo actualmente en el país?
-Sí, y de un modo profesional. La Cancillería es una institución absolutamente profesionalizada y, aunque van cambiando las tendencias, los puntos de interés, hay una continuidad que es parte de la agenda de los países. Más allá de los gobiernos es algo que se sostiene, porque es una agenda como tantas otras agendas que tiene la política exterior. Y los casos emblemáticos son las grandes expotencias coloniales, como el Reino Unido, Alemania, España, Francia, que han creado organismos que hacen diplomacia cultural permanentemente, como la Alianza Francesa, el Goethe-Institut, la Dante Alighieri, el British Council o el Instituto Cervantes, que tiene un concepto sumamente interesante porque ellos toman el tema de la lengua española no desde España, sino desde un contexto global del mundo iberoamericano, al punto que, por ejemplo, la biblioteca del Instituto Cervantes en el Cairo se llama Ernesto Sabato.
-Decía que dentro de las tareas de gestión está la administración de recursos. ¿Cómo se financia la Academia?
-Por un lado, tiene la ayuda económica de la Secretaría de Educación, que paga los servicios para el funcionamiento y los sueldos de los siete empleados históricos que tenemos. Eso es de una gran utilidad y de una gran importancia. El secretario de Educación, Carlos Torrendell, integra la Academia Nacional de Educación y tiene un gran conocimiento sobre lo que son estas instituciones, él sabe de qué se trata el funcionamiento de las academias nacionales. Por otro lado, la Academia ha recibido distintos legados económicos, como el de Alberto J. Trabucco y el de Federico Klemm, lo que nos permite poder ampliar en lo que atañe a la realización de eventos y de actividades.
-¿Trabucco que legó?
-Él dejó propiedades y esas propiedades son alquiladas. Siempre lo rescato y lo resalto porque él fue un artista muy olvidado y muy silencioso. Prácticamente nadie ha visto obras de Trabuco. Nosotros le hicimos el año pasado un homenaje en su quinta, que hoy es parte de la Municipalidad de Vicente López; él se la dejó en un legado a la Municipalidad. La Academia tiene además su legado artístico; hay gente que tendrá obras de Trabucco, pero él no las comercializaba; se las regalaba a sus amigos y sus conocidos.
-¿Y Klemm?
-Le dejó a la Academia la administración de la Fundación Klemm, tanto la colección como su fideicomiso. Siempre pienso en que un personaje tan transgresor como fue Federico en su vida y que hizo un aporte tan importante a la cultura, cuando tuvo que elegir una institución para que administrara tras su muerte todo ese legado artístico, se lo dejó a una de las instituciones más clásicas o más tradicionales de la cultura argentina como la Academia. Matilde Marín preside el consejo de administración de la Fundación Klemm, y la cooperación es muy fluida, con el fin de preservar esa colección que es maravillosa, y para difundir la obra de Klemm, que en el siglo XXI la vemos de otra manera. Hoy tenemos una exposición en el Centro Cultural Recoleta con sus obras, y vemos a un Federico creador, un Federico que se anticipa a las estéticas del momento. En la exposición en la Casa Victoria Ocampo, en agosto, vamos a hacer un homenaje académico a Federico, a través de un grupo de especialistas. Lo vamos a transmitir por streaming, como la mayor parte de nuestras actividades culturales.
-El trabajo de los académicos es ad honorem.
-Completamente. Ahora, pensando en que cada vez las actividades son más costosas, como las publicaciones de libros y la digitalización de los archivos, nosotros somos beneficiarios de distintos programas de Mecenazgo, centrados en la conservación y preservación de los archivos. Es un tema que cada vez nos importa más. Y como la Academia debe abrir sus puertas a otros públicos que no sean solo los especializados hemos firmado con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, con su decano Ricardo Manetti, el proyecto de llevar a cabo una diplomatura en gestión y estudio del arte contemporáneo argentino; será un programa anual, levemente arancelado. Y los docentes van a ser profesores universitarios y académicos. Se van a tratar los problemas que presenta el arte contemporáneo para su comprensión, su estudio y su disfrute. Estamos con muchas expectativas. Probablemente comience este año o en 2027.
-¿Qué archivos tiene la Academia?
-Tenemos legados que son muy importantes, como el de Alfredo González Garaño y el de su esposa, Marietta Ayerza. Un capítulo de ese legado, que fue el viaje a Egipto que ellos hicieron en la década de 1920, fue el inicio de la muestra del Bellas Artes. Es un legado que tiene piezas de archivo maravillosas, como fotografías de Nijinsky dedicadas a Garaño; lo que habla del cosmopolitismo y de la pluralidad cultural que ha tenido este matrimonio, que eran verdaderos gestores culturales de los años 20 y 30. Tenemos el archivo del arquitecto Alejandro Christophersen, partes del archivo de Ginastera, de Héctor Schenone, de Ernesto de la Cárcova, y el de nuestro muralista de la Sala de Plenario, Jorge Soto Acebal. Y vamos a recibir la biblioteca de la académica Graciela Taquini, pionera en el desarrollo del videoarte en la Argentina. Y de un académico emérito que fue presidente de la academia, el arquitecto Alberto Bellucci, recibimos un legado de un valor histórico y musical increíble: todo su archivo de autógrafos de los grandes músicos, cantantes y directores de orquestas que fueron pasando por el Teatro Colón desde que él era un niño hasta la actualidad, con dedicatorias, fotografías y dibujos de él sobre estos músicos.
-¿La Academia está cambiando y, a su vez, está cambiando la percepción de la gente sobre la Academia?
-La Academia está cambiando desde el inicio del siglo XXI, sobre todo por las herramientas de comunicación; lo vemos también con la presencia del público en distintas actividades que hacemos. El Premio Trabucco, que este año fue en pintura, es muy convocante. Pero cuando uno revisa los anales y los documentos de la Academia en el siglo XX ve que el trabajo académico era impresionante. Probablemente la Academia no tuviera ese conocimiento público debido a que las herramientas en ese momento eran más limitadas. Como muchos, tenía el prejuicio de que la Academia era elitista, pero me doy cuenta de que era un concepto erróneo, por el trabajo de relevamiento patrimonial que se hacía en las provincias, la interrelación con instituciones y las personalidades que conformaban el cuerpo académico. Ahora se llega a un público más grande y son más visibles las alianzas estratégicas entre las instituciones, como el Bellas Artes o el Fondo Nacional de las Artes.
-¿Usted es coleccionista?
-No, yo soy como todos a los que nos gusta la cultura alguien que se dedica a juntar cosas, libros y papeles. Tengo algunas obras, como las de Norah Borges.
-¿La pudo conocer?
-Lamentablemente, no. A su hijo, Miguel de Torre, lo traté muchísimo, y tenía una relación espléndida con él, y conozco a sus nietos. Fueron muy generosos y nos apoyaron mucho cuando hicimos acciones con la obra de Norah, porque vieron que teníamos una gran vocación para que eso se siguiera profundizando. Y su hijo era una fuente maravillosa de todo el anecdotario, tanto de Norah como de su padre, Guillermo de Torre, que era uno de los grandes críticos de la modernidad.
-¿A Jorge Luis Borges lo conoció?
-Sí. Comencé la universidad en el año 77; queríamos hacer una publicación de estudiantes y nos parecía que el primer reportaje tenía que ser a Borges. Y entonces lo llamamos por teléfono y nos citó a mí y a Fernanda Gómez, una compañera de la facultad, en la Galería del Este para que lo fuéramos a buscar a la Librería de la Ciudad y lo lleváramos a la casa; mirá la confianza que tendría este hombre en todo el mundo, que no sabía ni quiénes éramos y nos dijo que fuéramos a la casa. Él estaba solo y tuvimos una primera charla. A los veinte minutos ya no sabíamos más qué preguntarle. Decidimos irnos en algún momento porque él tampoco hacía ningún gesto de que nos fuéramos y nos dijo que volviéramos el martes siguiente a buscarlo en la librería. Y de esta forma se dieron cuatro encuentros seguidos los días martes hasta que se interrumpieron cuando nos dijo que se iba de viaje.
-¿Y la entrevista?
-Fue algo increíble porque el enchufe que usábamos para grabar no funcionaba, o sea que no pudimos grabar nada. Ya en un momento a nosotros nos daba un poco de vergüenza, porque le llevábamos cantidades de libros de nuestros compañeros para que los firmara. Y él los firmaba encantado. Llevé para me firmara las Obras completas, que en ese momento había sacado Emecé. Me dijo: “Desconfíe siempre de las obras completas de un escritor vivo, porque seguramente la mayor parte de esos libros no van a pasar, no van a constituir ningún interés literario en el futuro”. Muchos años después, tuve una gran amistad con María Kodama, le comentaba esto, y me dijo que probablemente el martes era el día que Fanny no estaba en la casa y él quería que alguien lo acompañara para cruzar Maipú o para no estar solo.
-¿Y de la amistad con María Kodama qué podría decir?
-Fue entrañable y se fue consolidando a través de los años, en parte por mi tarea como diplomático. Desde que celebramos en Madrid, en 1998, el centenario del nacimiento de Borges hasta una invitación que le hicimos para que fuera a Egipto, donde aprecian mucho a Borges: está traducido y es una figura que no necesita presentación. Hicimos la primera exposición de las fotografías de Borges en Egipto tomadas por María, ella dio dos conferencias, una en el Consejo de las Artes, otra en la Universidad de El Cairo, y fue maravilloso porque estaban los estudiantes y los profesores muy conmovidos de la presencia de María. Cuando ella falleció, yo vivía en Finlandia, pero la vi el último año. Quería que me dedicara el libro Atlas y justamente se me ocurrió que era una oportunidad en ese viaje que hice a Buenos Aires unos meses antes de que ella falleciera para que me lo dedicara. Ha sido una amistad muy, muy, muy linda.
-¿Cómo ve el desarrollo del arte argentino?
-Es muy interesante el momento que vive el arte argentino contemporáneo, sobre todo con el protagonismo de los jóvenes. Vemos que los artistas consagrados siguen presentándose, sigue habiendo muestras tanto en galerías como en museos. Y destaco el interés que tiene el arte argentino en el ámbito internacional; eso se ve a través de las grandes ferias. Hay una presencia creciente.