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Sin manos y con campera verde oliva: cómo fue el hallazgo de los restos del Che Guevara, 30 años después de su muerte

“¡Frená! ¡Frená!”, le gritó Jorge González, director del Instituto Médico Legal de Cuba, al operario de la retroexcavadora que abría un hueco en la tierra. Era la mañana del 28 de juni...

Sin manos y con campera verde oliva: cómo fue el hallazgo de los restos del Che Guevara, 30 años después de su muerte

“¡Frená! ¡Frená!”, le gritó Jorge González, director del Instituto Médico Legal de Cuba, al operario de la retroexcavadora que abría un hueco en la tierra. Era la mañana del 28 de juni...

“¡Frená! ¡Frená!”, le gritó Jorge González, director del Instituto Médico Legal de Cuba, al operario de la retroexcavadora que abría un hueco en la tierra. Era la mañana del 28 de junio de 1997, y hacía casi dos años que buscaban por esa zona, en la localidad boliviana de Vallegrande. Les habían dado un ultimátum: apenas dos días más para terminar la exploración. Algo iba a tener que pasar antes. Algo tenía que aparecer.

Y, finalmente, esa orden para que se detuvieran significaba que lo habían encontrado: huesos. Muchos huesos. También retazos de ropa (una campera, pedazos de un cinturón de cuero). Todos eran indicios de una identidad que debían confirmar rápidamente de entre otros siete cuerpos en la misma fosa común.

“Yo estaba excavando allá abajo y veo una campera verde olivo; al Che lo habían enterrado con una. Lo primero que buscamos fue si tenía manos o no. Ese cadáver no tenía. Sabíamos que el único cuerpo sepultado sin manos era el del Che”, contó tiempo después Héctor Soto Izquierdo, el antropólogo forense cubano que participó del hallazgo. Treinta años después de su muerte, habían encontrado al Che.

“Córtenle las manos y pónganlas en formol”

Tres décadas antes, el 9 de octubre de 1967 a las 13.15, Ernesto “Che” Guevara fue ejecutado en la escuelita de La Higuera, un pueblo de Santa Cruz, Bolivia. Lo había capturado un batallón militar boliviano entrenado por Estados Unidos y dirigido por Félix Rodríguez, un cubano exiliado que trabajaba en la CIA. En Washington estaban interesados en usar públicamente su muerte para socavar los movimientos de izquierda en Latinoamérica.

Esa misma tarde llevaron el cuerpo del guerrillero al hospital de Vallegrande. Lo exhibieron sobre dos bachas de lavado hasta la noche del 10. Sería la última vez que se sabría algo de él por 30 años: la madrugada del 11 de octubre, sus restos desaparecieron. Algunos medios justificaron la medida: la dictadura boliviana quería evitar que el lugar de su muerte se convirtiera en un santuario o un sitio de peregrinación.

Durante la exhibición pública del cadáver, el cuerpo de Guevara yacía recostado con los ojos abiertos y el brazo derecho colgando. “Los soldados pasaban y lo empujaban, nadie le acomodaba el brazo”, recuerda Doris Lacio, una profesora del pueblo que se acercó al lugar.

Allí mismo, ante la mirada de fotógrafos, militares y vecinos, se le practicó una autopsia improvisada, como recordó la BBC. Después llegó la orden, u órdenes, a partir de la cual nacieron dos misterios paralelos: el destino del cuerpo y el de sus manos.

El comandante de las Fuerzas Armadas bolivianas, Alfredo Ovando Candía, dio una directiva: amputarle las manos. “Córtenle las manos y pónganlas en formol”, dijo. “Los únicos testigos de la amputación fueron militares. La prensa se había retirado a dar cuenta de que el Che, el diablo, el guerrillero sin fronteras, había muerto la tarde anterior en la escuela de La Higuera. Las fotografías de su cuerpo dieron la vuelta al mundo, pero el cadáver que mostraban ya no existía. El verdadero estaba mutilado”, recordó el diario español ABC.

Ovando temía que Fidel Castro negara la muerte de Guevara, e incluso llegó a proponer que lo decapitaran para enviar la cabeza como prueba irrefutable. Pero lo convencieron de que eso no era conveniente, por lo que optó por las extremidades. Como la Policía Federal Argentina poseía las huellas dactilares del rosarino, un grupo de especialistas viajó a Bolivia para cotejar las fichas técnicas. El peritaje confirmó la identidad.

Las manos terminaron en el dormitorio del ministro del Interior boliviano, Antonio Arguedas, “que las había escondido debajo de su cama, en un bote con formol, dentro una urna de madera, ‘con terciopelo rojo y un acabado muy elegante’, según su propia descripción”, detalla El País. Años más tarde, Arguedas decidió enviarlas clandestinamente a Cuba. Viajaron en valijas diplomáticas hacia la Unión Soviética y, desde allí, a La Habana. Castro las recibió en enero de 1970. Permanecen desde entonces en un lugar secreto de la isla.

El destino de su cuerpo, en cambio, tardó mucho más en esclarecerse.

“Lo que buscábamos no eran los restos del Che...”

La búsqueda de los restos del Che Guevara se puso en marcha en noviembre de 1995, casi tres décadas después de su ejecución, a partir de la revelación del general boliviano retirado Mario Vargas Salinas, que había participado de la campaña contra la guerrilla en 1967, y que le confesó al periodista estadounidense Jon Lee Anderson (quien estaba preparando una biografía del Che) que, contrario a lo que sostuvieron en su momento varias versiones, en realidad nunca habían cremado el cuerpo, sino que lo habían enterrado en una fosa común bajo la antigua pista de aterrizaje de Vallegrande.

Gracias a esa información, el entonces presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada, mandó crear una comisión especial para investigar su muerte y sepultura. Invitaron a participar al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una organización no gubernamental científica de alcance internacional fundada en 1984. El primero del equipo en trasladarse allá fue Alejandro Incháurregui, miembro fundador.

“Apenas llegado, se abocó a buscar información entre los pobladores. Hasta que en una hermética pieza de hotel logra encontrarse con aquel hombre de anteojos negros y gorra hasta las orejas, el maquinista. ‘Es que hace 30 años hice el pozo para ese enterramiento’, le dice este y le cuenta que todo fue muy rápido, que los cuerpos habían sido arrojados al pozo bajo la pista y cubiertos con tierra a las apuradas, porque empezó a llover”, escribió Lila Pastoriza, periodista argentina y sobreviviente de la ESMA, en la revista El Caminante.

González, el director, también fue protagonista, tanto de la búsqueda como de la desesperación. Las tareas, que habían arrancado a fines del 95, no avanzaban. Habían encontrado a cuatro combatientes enterrados por esa zona, pero ni rastros del argentino. Tenían que cambiar el foco. Pensaban en cómo reimpulsar la investigación: reordenaron las bases del trabajo y establecieron un protocolo que incluía investigación histórica, antropológica, geofísica y de prospección del suelo.

El dato de la pista aérea era lo más preciso que tenían. Se pusieron en marcha con eso: estudiaron la historia de su construcción, la dividieron en sectores de trabajo, en cuadrantes. Hicieron más de 2000 perforaciones en los alrededores. Recabaron cientos de testimonios: militares que querían desinformar, vecinos que se acercaron al lugar aquel 10 de octubre del 67, colaboradores, como el tractorista, que participaron de las primeras excavaciones, esas que enterraron y escondieron los restos de los combatientes.

Cuando hablaron con el tractorista tuvieron un poco más de suerte: “Calculamos la estatura del hombre para conocer qué veía y qué no cuando estaba sentado en el tractor haciendo la zanja para el enterramiento. Calculamos el ancho de la fosa y nos dijimos que tendría que tener unos cuatro metros de ancho, porque la pala medía 3,20 metros y nunca pasaba exactamente por el mismo lugar. Calculamos que la fosa tendría unos dos metros de profundidad y unos 15 de largo por la medida del tractor. Lo que buscábamos no eran los restos del Che, sino el lugar de la pista aérea de Vallegrande donde había una zanja de dos metros de profundidad, por 15 de largo y cuatro de ancho, y eso lo logramos saber en junio de 1997”.

“Ahí están los huesos, los ven y no pueden creerlo”

La investigación había señalado una franja de 9000 metros cuadrados sobre la pista. Las autoridades bolivianas les dieron, como plazo para terminar el trabajo, solo dos días más. El equipo se propuso excavar en tres puntos más. “Si lo enterraron acá, lo encontraremos”, decían. Pero cavaban y no aparecía nada.

El viernes 27 de junio, pasaron la noche despiertos, estudiando, decidiendo. Llegaron a la conclusión de que debían intentar de nuevo en el primer cuadrante. El sábado 28 retomaron la tarea con las primeras luces del día. “Pasan una vez la máquina y nada, la tierra siempre igual y desafiante, y entonces hacen otro intento y esta vez sí, es que ahí están los huesos, los ven y no pueden creerlo, pero sí, qué duda cabe, son ellos, son los siete de la lavandería y él, seguro, él tiene que estar ahí”, relató Pastoriza. Minutos después, el brazo de la excavadora descubrió la fosa.

Vieron los huesos. Siete osamentas. Una de ellas, con la campera verde. Restos de un cuerpo incompleto: le faltaban las manos. Estaban seguros de que era él, pero tenían que esperar a que vuelvan los miembros del AEE, especialistas en identificación de cuerpos.

Los profesionales durmieron al pie de la fosa hasta el 30 de junio, cuando exhumaron los restos. Soto Izquierdo, forense cubano, parecía petrificado: “No lo puedo tocar”, les decía a sus compañeros. Primero hizo una reverencia, y recién después, se acercó al cráneo. Lo palpó y se puso a llorar. No le quedaban dudas de que las características morfológicas coincidían: unas protuberancias en la frente y la falta de un molar.

“Se quedó ahí casi inmóvil, tocando a ciegas esa cabeza y ese mechón del pelo, y entonces lo miró a Jorge González, parado sobre el borde de la fosa, mudo, sacando una foto tras otra, y que también lloraba. Por un rato largo solo hubo silencio y sonidos secos hasta que levantaron el esqueleto de la tierra y lo depositaron dentro de una caja”, continuó Pastoriza.

Mientras los huesos estuvieron en la morgue del Hospital Japonés, en Santa Cruz de la Sierra, también durmieron ahí, al cuidado: “No confiábamos en nadie. Dormimos junto con los esqueletos; no nos fuimos a un hotel, ni a una casa. Estuvimos ahí hasta que los restos se trasladaron a Cuba”, dijo.

Una vez que estos llegaron a la isla, empezaron a trabajar sobre las imágenes imágenes del cráneo, de la cara, de los dientes. Comparaban todo con lo que ahora tenían enfrente. Los estudios odontológicos fueron determinantes: los especialistas tenían en su poder una radiografía dental del Che que le habían hecho en México en los 50 y los moldes que le tomaron para hacerle una dentadura falsa (con el objetivo de cambiar su fisonomía y que pudiera salir de Cuba escondido).

El ADN, que se hizo en Cuba 10 años después, ratificó su identidad. Hoy, el cuerpo del guerrillero descansa en el Mausoleo del Che Guevara, en Santa Clara, Cuba, junto a otros 29 combatientes que lo acompañaron a Bolivia y fallecieron, como él, en 1967. Lo enterraron con honores militares el 17 de octubre de 1997, treinta años después de su muerte.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/sin-manos-y-con-campera-verde-como-fue-el-encuentro-de-los-restos-del-che-guevara-30-anos-despues-de-nid29062026/

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