“¡Sorpresa!”: cómo fue el ataque a tiros y asesinato de un alumno en una escuela de Santa Fe, según los testigos
SAN CRISTÓBAL.-Poco después de las 7, Gino C., de 15 años, le preguntó a Esteban, un alumno de la escuela Mariano Moreno, de San Cristóbal, dónde quedaba el baño. “Estaba pálido y parecí...
SAN CRISTÓBAL.-Poco después de las 7, Gino C., de 15 años, le preguntó a Esteban, un alumno de la escuela Mariano Moreno, de San Cristóbal, dónde quedaba el baño. “Estaba pálido y parecía extraviado. Él sabía dónde quedaba el baño, porque había hecho la primaria y tres años de secundaria”, advirtió Iván, un estudiante de quinto año, que jugaba al básquet en el club Racing con el adolescente asesino. A esa hora, y a pesar de que el sol aún no había salido, el calor era intenso. En uno de los patios internos estaban la mayoría de los alumnos, algunos sentados en los bancos que están a un costado, otros de pie, a la espera de que empezara la jornada con el izamiento de la bandera. Esta ciudad de 15.000 habitantes, en el noroeste de Santa Fe, estaba inmóvil a esa hora, como siempre, pero esa calma tradicional se iba a romper en pedazos a las 7.12.
Gino no llevaba el uniforme –una chomba blanca con el escudo del colegio- pero a nadie le llamó la atención. Ahora ese rasgo encarna varias interpretaciones. Entró en el baño. Miró a los ojos de una manera penetrante a Esteban, que salía del lugar, como él recordó luego. Hay dos versiones que chocan sobre cómo llevaba oculta el arma. Desde el gobierno de Santa Fe confirmaron que el adolescente de 15 años llevaba una escopeta 12/70, de tipo recortada escondida en el estuche de una guitarra. Los alumnos 2 debían llevar un instrumento. Pero sus compañeros que lo vieron entrar en el baño –según relataron a LA NACION- con la escopeta recortada dentro de una mochila. Los caños que sobresalían los había tapado con una remera negra.
En el piso del baño, Gino cargó la escopeta con cinco cartuchos y se cruzó en el pecho una cartuchera donde tenía una docena de municiones. Eran calibre 12/70. Según confirmaron fuentes oficiales, el arma era de su abuelo, el padre de su mamá. El arma estaba en su casa, pero no era de caza, algo que se practica en la zona, sino de defensa.
Ni bien salió del baño, hacia el patio interno, comenzó a disparar. Antes de apretar el gatillo, Julieta L., de 12 años, escuchó que dijo: “¡Sorpresa!”. Y comenzó el horror. Ian Cabrera, de 13 años, fue el primero que cayó. Se desplomó en el patio. Julieta L. vio que rápidamente su cuerpo quedó rodeado de sangre. Se agachó para tratar de ayudarlo, pero como los disparos continuaron la adolescente empezó a correr despavorida. Dos perdigones le rozaron en el hombro y en el antebrazo. Con la escopeta aferrada a sus manos, Gino hizo entre cuatro y cinco disparos. Otros dos chicos, de 13 y 15 años, también quedaron tirados en el piso, con heridos en el pecho y en el abdomen.
Los chicos corrían sin un destino preciso, para cualquier lugar, para escapar del terror que se había desatado en un lugar apacible, donde –como dice el clicé- “nunca pasa nada”. La monotonía se rompió de una forma terrorífica.
Julieta L. saltó un tapial lateral para salir corriendo hacia una cortada. En el camino se encontró con Felipe, uno de los heridos, y lo llevó como pudo, hasta el hospital de San Cristóbal, que está a menos de cien metros.
“Él estaba desorientado, como perdido, y tenía el torso lleno de sangre”, relató Julieta L. a LA NACION.
La adolescente estaba molesta con los docentes. “Muchos se encerraron en la sala de profesores y trabaron la puerta con una mesa”, contó.
“Yo no quería salir por la puerta principal porque ahí estaba el chico con la escopeta y creíamos que seguía disparando”. En la estampida descontrolada, un chico se arrojó de la planta alta y quedó lesionado en el piso.
Cuando a Gino se le terminaron los cartuchos y se disponía a recargar la escopeta que había pertenecido a su abuelo, un portero se abalanzó sobre él y, junto con un alumno de quinto año, lo redujeron. Carolina Morel, integrante del Gabinete Educativo de la escuela, contó que, tras escuchar las detonaciones, los docentes se refugiaron en la sala de profesores y “activaron” distintos mecanismos de emergencia.
“Atinamos a sacar nuestros teléfonos y empezar a llamar a distintos organismos: la policía, el hospital y las familias”, aseguró la docente. “Había mucha incertidumbre. Nadie sabía quiénes estaban heridos”, agregó. Al salir del edificio, indicó que encontraron a uno de los estudiantes en el suelo. “Nos acercamos para ver si tenía signos vitales y dedujimos que no”, apuntó.
Los chicos se empezaron a refugiar en la plaza San Martín, que está separada de la escuela unos 150 metros. La situación era caótica. Algunos estudiantes, sobre todo los más chicos estaban en shock y deambulaban por la ciudad, como perdidos. Algunos padres que se enteraron empezaron a recorrer las calles en auto en busca de los alumnos que estaban bajo el efecto de esa situación extrema.
“Cuando llegó la policía a Gino lo subieron a un patrullero. Estaba con la mirada perdida y decía que no sabía lo que había pasado. Yo jugaba con él al básquet. Es un chico callado, buen alumno, que no tenía problemas con nadie”, sostuvo Esteban.
A la par, los médicos determinaron que Cabrera, de 13 años, había fallecido por los disparos. La conmoción fue demoledora en San Cristóbal, y entre los alumnos aún más. Otros dos estudiantes fueron hospitalizados por las heridas de arma de fuego. Uno de ellos fue trasladado a la ciudad de Santa Fe.
La familia de Ian estaba destrozada. Su padre, Hugo Leandro Cabrera, es empleado de la Municipalidad de San Cristóbal. Cumple funciones en la dependencia donde entregan las licencias de conducir. Su madre se llama Mirian Núñez y es maestra jardinera.
“Esto es inexplicable. Cómo pudo pasar una cosa así. Es la crueldad más absoluta”, dijo Marta, una mujer que vive frente a la plaza, donde al caer de la tarde se manifestaron vecinos de San Cristóbal, tristes y sorprendidos por una tragedia que no le avisó a nadie.
Durante el mediodía, parte del gabinete del gobierno de Santa Fe se trasladó a San Cristóbal para mostrar que estaba preocupado y al tanto de la situación. En medio del dolor que transpiraba la ciudad, la rueda de prensa se transformó un escenario de disputa política a nivel local. El ministro de Educación José Goity dijo que el agresor no tenía antecedentes de problemas de conducta ni de vínculos con el resto de los alumnos. Docentes del colegio confirmaron esta postura.
“El agresor no registra antecedentes en el sistema educativo. Sabemos que atravesaba una situación intrafamiliar del ámbito privado muy compleja”, indicó el ministro de Educación, y agregó: “Esto nos atraviesa como escuela, nos genera dudas y nos atraviesa como sociedad. Es algo que no tiene antecedentes. Estamos poniendo todos los recursos del Estado para dar seguimiento y contención”.
El abogado Néstor Oroño, que representa a Gino C., de 15 años, reveló a LA NACION, que el padre del joven, que reside en Entre Ríos, y está en proceso de divorcio, le contó que el chico “tuvo varios episodios hace poco tiempo de autolesión”. “Se cortaba los brazos con cuchillos. Esto le preocupaba al padre, cuando lo vio”, sostuvo el letrado.
Gino C. fue trasladado durante la tarde a la ciudad de Santa Fe, donde, según expresaron en el gobierno, se le dará la atención necesaria. A modo preventivo, decidieron sacar al joven de San Cristóbal por si el clima social se enardece, algo que hasta la tarde no parecía posible. Más que bronca sobrevolaba una sensación de tristeza y de dolor.
El ministro de Seguridad de Santa Fe, Pablo Cococcioni, explicó que como se trata de un menor de edad no es punible a la luz de la legislación actual, debido a que no entró en vigencia la reforma del régimen penal juvenil. Dentro del marco legal vigente, se hará el esfuerzo para dar contención al hecho".
Durante el anochecer, unas 500 personas se congregaron frente a la Escuela Normal N°40 Mariano Moreno, donde se produjo durante la mañana la tragedia. Padres y madres con alumnos llevaron velas que encendieron y dejaron en la escalera de la puerta principal del colegio. El silencio era intenso al caer de la tarde, en medio de un duelo profundo de una comunidad aterrada y confundida, que no le encuentra explicación a lo que pasó.