Su marido se fue a Japón para explorar la Luna, ella lo siguió, y en Tokio descubrió otro planeta en la Tierra: “Desesperación”
“Hace dos años y un par de meses que vivo en Tokio y me aterra pensar que todo lo que estoy viviendo en Japón esté condenado al olvido. Hace meses que lo intuyo y hoy tengo la certeza de que c...
“Hace dos años y un par de meses que vivo en Tokio y me aterra pensar que todo lo que estoy viviendo en Japón esté condenado al olvido. Hace meses que lo intuyo y hoy tengo la certeza de que cuando vuelva a vivir en un país occidental la amnesia invadirá este período. Lo sé porque, caminando por la avenida por la que paso casi todos los días desde hace dos años, hice una prueba. Miré atentamente y cerré los ojos. Quise recrear esa imagen en mi mente. Y no pude. Lo intenté varias veces y fallé todas”.
“Antes recordaba lugares. Supongo que, a lo largo de los años, fui recabando información visual sobre las calles y las veredas de Buenos Aires, los edificios, los negocios, las diferentes variedades; y con esos datos generé patrones. Entonces al ver una calle mi mente encontraba la plantilla adecuada, daba unas pinceladas y tenía la imagen mental lista para volverse recuerdo”.
“Acá las edificaciones, los materiales, la distribución, todo es diferente, y se suma que no entiendo los carteles. Miro, quiero grabar. Cierro los ojos. Pero mi base de datos no cuenta con la información suficiente. Intento recrear lo que estaba viendo y solo veo borrones”.
“Acabo de darme cuenta de que no tenemos recuerdos anteriores a los tres años. Una de las teorías es que la falta de lenguaje nos impide crear narraciones que luego podamos evocar. Es eso. No tengo plantillas asiáticas. No entiendo los principios que rigen este mundo. Necesito documentar este presente: sacar fotos y escribir todo lo que veo, para mí y para que cuando en el siguiente destino mi hijo pregunte por su infancia yo no me quede callada y pueda responderle”, escribió la argentina Florencia González Bazzano en un pasaje que tituló: Desesperación.
Un viaje a la Luna y otro hacia un nuevo universo: las crónicas de JapónEn Buenos Aires, Florencia trabajaba en comunicación y marketing, en un empleo que luego mantuvo de manera remota para seguir el camino laboral de su marido, ingeniero electrónico recibido en la UBA, dedicado a la ingeniería espacial. Primero volaron hacia España. Vivieron más de dos años en Barcelona, donde nació su hijo, momento en el que ella le puso un freno a su carrera profesional. A Tokio llegaron a finales de 2023, él para dedicarse junto a una empresa japonesa a explorar la Luna, ella, para descubrir otro universo en la tierra.
Con orgullo, Florencia acompañó a su marido a cumplir un sueño fascinante: formar parte de un equipo que diseña una nave para ir a la Luna. Pero ¿qué había para ella en ese territorio extraño? Con un hijo chico y sin red, primero se ocupó exclusivamente de la casa y la crianza.
“Acá no es habitual contratar ayuda doméstica y al comienzo el jardín era apenas dos mañanas por semana. Ese tiempo mínimo fue suficiente para que pudiera desarrollar algo que estaba en mí desde antes: la escritura. Empecé a registrar lo que nos pasaba, lo que veía, lo que no entendía. Con el tiempo, eso se convirtió en un libro de crónicas. Afortunadamente ahora los dos podemos dedicarnos a lo que nos apasiona”, revela Florencia, nacida en CABA, de 44 años y casada con el argentino Mariano Sternheim.
El que se queda, el que se va, y los impactos culturales: “Entré, miré, traté de decidir, me abrumé y abandoné”Que alguien se vaya es más difícil para quien se queda, o al menos así lo sintió Florencia al descubrir que, a veces, quienes se quedan sienten el vacío, mientras que el que migra está demasiado ocupado aprendiendo a hacer desde cero las cosas más básicas, como comprar, hacer trámites e ir al médico: “Queda poco margen para la nostalgia”.
Los impactos culturales fueron de tal magnitud, que Florencia sintió la necesidad de registrarlos en una suerte diario antropológico que pudiera recabar hábitos y costumbres peculiares para su mirada occidental: desde mermeladas con tapas que giran solas, pasando por los baños en los espacios públicos (con los artefactos en miniatura para chicos) que se asemejan a los de los hoteles cinco estrellas, toboganes con rodillos, baños termales donde no se permiten las fotos y hay que estar desnudo, accesorios de los más variados para protegerse del sol, carteles con traducciones insólitas al castellano, hasta minimercados -konbini- donde uno puede resolver la vida entera.
“Tengo que pagar la factura del gas. Voy al konbini. Tengo que imprimir una foto para el jardín del nene. Voy al konbini. Tengo que retirar plata en un cajero. Voy al konbini. Tengo que pegar un juguete que se rompió y se acabó el pegamento. Voy al konbini. Se me mojaron las medias con la lluvia. Voy al konbini. Tengo que mandar por correo un formulario a la Embajada Argentina. Voy al konbini”.
“Hace calor, tengo sed y quiero tomar algo rico. Voy al konbini. Todo el perímetro del local está cubierto por heladeras. Recorro las heladeras: Café negro. Café con leche. Té con leche. Té verde, té de jazmín, oolong, chai, rooibos, earl gray, matcha. Leche chocolatada. Leche con miel. Leche de almendras, leche de soja. Opción con azúcar o sin azúcar. Todo esto frío y se repiten los productos en otros estantes calientes. Sigo escrutando otras heladeras: jugo de naranja, pomelo, durazno, manzana, uva, aloe vera, licuados de banana, frutilla, mango, ananá, multifrutas, frutos rojos, vegetales verdes, tomate, zanahoria. Agua con gas, agua con mucho gas, agua con gas y limón. Bebidas energéticas. Bebidas isotónicas. Gaseosas de marcas que conozco y otras que no conozco ni puedo adivinar qué sabor tienen. Gelatinas en envases flexibles de aluminio que se consumen a través del pico plástico en la parte superior. Variedad de frutas. Gelatinas en mismo envase pero en vez de elegir por sabor se eligen por nutrientes esenciales: proteína, carbohidratos, minerales, vitamina b12″.
"Entré, miré, traté de decidir, me abrumé y abandoné el local. El konbini es una solución y es un problema”, escribió Florencia cierto día, y al elegir el título decidió ser breve y se decidió por: Opciones.
De no aprender japonés a propósito y los ñoquis: “Las dos terminamos con dolor de panza”Florencia evaluó la posibilidad de estudiar japonés, pero decidió no hacerlo, aparte de la crianza de su hijo, ya no escribe como hobby sino como oficio y eso le quita tiempo, aunque sabe que decir que no tiene tiempo en el fondo es una excusa. Hubo algo más en su decisión: Tokio está llena de carteles, “la información ataca”, dice, pero ella, sin ese código de programación instalado, es inmune: “Vivo mi ignorancia como un valor y los carteles principales tienen su traducción en inglés y en chino”.
Sin embargo, con el paso del tiempo, una frase repetida hasta el cansancio se hizo eco en su mente: el hombre es un ser social. Recién al migrar, Florencia comprendió a qué se refería. ¿Acaso sin idioma iba a poder? Cierto día, invitó a una nena del jardín y a su mamá a almorzar. La mamá habla poco inglés y se comunicaron a través del traductor del celular.
“Pensé que servirles ñoquis con salsa de tomate era una buena idea. Le consulté a la mamá por chat si le parecía bien. Le envié una foto del paquete de ñoquis que es importado de Italia y tiene texto en japonés. Aceptó la propuesta y dijo que traería el postre”, escribió Flor en su diario. “El día del almuerzo le aclaré que nuestras comidas no están compuestas por muchos platitos (...). Al momento de servir me debatí sobre cuántos ñoquis debía poner en cada plato. Las porciones japonesas son chicas comparadas con las occidentales, pero tiene sentido, porque tienen muchos platitos con diferentes cosas. No soy japonesa y solo voy a servir un plato de comida así que serví una porción generosa”.
“La mamá me dijo que estaba rico, no puedo saber si realmente le gustó o era pura cortesía. Los chicos comieron un poco y se fueron a jugar. La mujer, una vez que terminó su plato, se comió los ñoquis que quedaron en el plato de su hija. Me extrañó que lo hiciera, a mis ojos su porción era suficiente (...) Entonces recordé que para ellos dejar comida en el plato es de mala educación”.
“Esta mamá trajo el postre en un embalaje muy distinguido. En Asia los lácteos no son parte de la dieta (...). En las pastelerías veo muchas tortas con crema chantilly. A mí la crema me gusta en la salsa, no en los dulces. Abro la caja, cuatro mini porciones de torta de crema con frutillas. Pensé que era desprecio no probarla. Pensé que con comer un bocado iba a estar bien. Seguro que eligió esa torta porque `eso les gusta a los occidentales´”.
“Yo no puedo servirles poca comida, es mezquino. Ellos no pueden dejar comida en el plato, es una ofensa. Y las dos terminamos con dolor de panza”.
El hombre es un ser social y son todos igualesFinalmente, a pesar de no contar con el idioma, las amistades emergieron, y con ellas, su calidad de vida mejoró mucho. El ser humano, si así lo quiere, siempre halla el camino para comunicarse, y el deseo de Florencia bastó para entablar una amistad con una argentina hija de japoneses, una japonesa criada en Estados Unidos, otra japonesa bien local, y una amiga española. Asimismo, una chica peruana la escuchó hablar en castellano en una plaza y la invitó a formar parte de un grupo de Whatsapp de mamás latinas: “Muchas están casadas con japoneses y manejan el idioma”.
Pero en el camino también apareció Toshio, un hombre de 84 años que se le acercó a hablar en un café mientras leía una novela y estaba a la espera de un trámite municipal. Se acercó y le preguntó en inglés de dónde era y Flor quedó impactada: era la primera vez en dos años que una persona se le acercaba espontáneamente para iniciar una conversación. Tras una charla muy amena quedaron en volver a verse.
“Son las nueve y media, ya dejé al nene en el jardín, estoy sentada en mi café-oficina como todas las mañanas pero hoy es diferente. En media hora me encuentro con Toshio. Tengo miedo. Me asusta no reconocerlo. Me avergüenza admitir que a mis ojos los japoneses se ven todos iguales. Me cuesta detectar diferencias faciales, no hay variedad de colores ni en ojos ni en cabello y, al menos en Tokio, se visten todos parecidos”, escribió Florencia.
“Toshio estudió economía. Trabajó muchos años en un banco -soy mala para recordar números- y todos los años lo enviaban un mes a Inglaterra. Me mostró su cuaderno con ejercicios de inglés escritos en lápiz. Tenía una especie de agenda electrónica que era un diccionario y buscaba palabras que no le salían. Me mostró fotos en papel de sus viajes a Inglaterra (...). También viajó a España y a otras ciudades de Europa. Escuché a Toshio, respondí sus preguntas. ¿Qué hago en Japón? ¿Qué opino de Tokio? ¿Con quién vivo? ¿Cómo es el lugar de donde vengo? ¿Hay terremotos en Buenos Aires? ¿Huracanes? ¿inundaciones? Yo también hice preguntas (...)”.
“Esa mañana del trámite mi mamá me recordó que era el aniversario de la muerte de la abuela Lati. Soy mala para recordar fechas. Ya cuatro años. No puedo creer que ya hace tanto tiempo que se fue. Aunque el cálculo de los años es fácil, siempre uno más de la edad de mi hijo. Ella no llegó a conocerlo, pero hablábamos seguido y el día que se fue me llamó y me dijo que ojalá mi bebé sea como yo, lindo por dentro y por fuera. Le pregunté a Toshio si quería agendar mi line, el sistema de mensajería instantánea usado en Asia. Le alegró mi propuesta. Me agendó y me mandó un mensaje para que tuviera su contacto. Me escribió su nombre en nuestro alfabeto porque en la aplicación figura en signos japoneses”.
“Diez cero uno veo entrar a Toshio (...). Me cuenta que el año que viene piensa viajar a Inglaterra a visitar a sus amigos. Me pregunta por mi hijo, por mi marido. Recuerda todo lo que le dije en nuestro primer encuentro. Le pregunto qué es lo que más le impactó en sus viajes a occidente. Las dos primeras pude adivinarlas. El arroz. Faltaba arroz en todas sus comidas. Y los baños (...) Comienza hablando de la calidad y luego hace hincapié en la cantidad. ¡Es difícil encontrar baños fuera de Japón! (...) Y lo siguiente me lo cuenta a través de una anécdota. La primera vez que estuvo en Londres no encontraba la estación del subte, entonces frenó a una persona en la calle para preguntarle, pero esa persona no era de ahí, le preguntó a otra, tampoco era de ahí y así a varias más. Se ríe y me dice: no distingo occidentales, no me doy cuenta de dónde son, para mí se ven todos iguales”.
Argentina, Japón y el camino para evitar la desesperaciónDesde que su marido busca el camino hacia la Luna, Flor escribe en un diario para entender el mundo en el que habita. Ella busca a través de las letras procesar los cambios, conectar mejor, comprender el sueño que vive en Japón, su presente realidad regida por otras leyes, otra lógica. “Escribo para que todo estos años no desaparezcan”.
A Buenos Aires, su cable a tierra, vuelve una vez por año. Disfruta de cada regreso, que le sirve para corroborar que esas personas a miles de kilómetros de distancia siguen existiendo, son reales, más allá de las pantallas: “Dándole muchas vueltas al asunto descubrí algo. Aún viviendo en la misma ciudad, muchas veces no nos vemos tanto como creemos. La vida cotidiana agota, aplaza, posterga. Hay personas a las que veía solo dos veces por año. Hoy las veo una. No es tan distinto”.
“No habitamos solo un territorio físico. También vivimos en un mapa digital que nos acompaña a donde vayamos. Los consumos culturales viajan con uno: la radio, los libros, los diarios. Cada tanto mi hijo me dice: `Mamá, hace mucho que no escuchamos a Rolón´ (Perros de la calle), y ahí está Buenos Aires, sin huso horario. No entro en la disputa entre papel y digital: elijo la felicidad práctica de poder leer cualquier libro, de cualquier origen, en el lugar que me encuentre”, reflexiona Florencia hoy. “A veces me sorprende que alguien me explique referencias como si me hubiera convertido en extranjera de mi propia tierra. Sigo siendo argentina. Leo los mismos diarios, entiendo los mismos códigos. La distancia no borra la memoria”.
“También entendí hasta qué punto naturalizamos lo cultural. Lo que hacemos todos los días creemos que es así, que debería ser así, que es la mejor manera posible de hacer las cosas. Los japoneses que no viajaron, por ejemplo, creen que todos los baños públicos del mundo están limpios. Creen que pueden dejar sus pertenencias en cualquier lugar sin atenderlas, convencidos de que nadie tocará lo ajeno”.
“Vivir en otro país me obligó a aceptar la incertidumbre. Siempre hay incertidumbre, incluso en la propia cultura, pero allí creemos entender lo que pasa. En un entorno cultural diferente se desmantela esa ilusión de control. Y entendí que no hace falta comprenderlo todo. Muchas situaciones no las entendí mientras las vivía. Las fui entendiendo después, al escribir. La experiencia no se cierra en el momento, lleva un proceso, una elaboración. La escritura ya estaba en mí, pero acá se volvió imprescindible”, concluye Florencia, una mujer que en algún lugar de Tokio cada tanto vuelve a cerrar los ojos e intenta recrear el paisaje que la rodea. No le sale, entonces busca retratarlo con palabras y evitar, así, la desesperación.
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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.