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Svetlana Iosifovna, la hija Stalin que huyó de Rusia para refugiarse en los Estados Unidos

El 6 de marzo de 1967 una mujer rusa se presentó en la embajada de Estados Unidos de Nueva Delhi y pidió hablar con un funcionario. Cuando un diplomático estadounidense la recibió, ella fue dir...

Svetlana Iosifovna, la hija Stalin que huyó de Rusia para refugiarse en los Estados Unidos

El 6 de marzo de 1967 una mujer rusa se presentó en la embajada de Estados Unidos de Nueva Delhi y pidió hablar con un funcionario. Cuando un diplomático estadounidense la recibió, ella fue dir...

El 6 de marzo de 1967 una mujer rusa se presentó en la embajada de Estados Unidos de Nueva Delhi y pidió hablar con un funcionario. Cuando un diplomático estadounidense la recibió, ella fue directa: “No puedo regresar a la Unión Soviética”, dijo.

Cuando mostró su pasaporte, el funcionario se sorprendió: era Svetlana Allilúyeva, tenía 41 años y era la hija de Iósif Stalin, el hombre que había gobernado la Unión Soviética durante más de dos décadas.

Habían pasado algunos días desde que Svetlana aterrizó en la India para entregar las cenizas de su pareja, Brajesh Singh, a su familia. Después de cumplir con ese gesto íntimo, tomó una decisión trascendental en su vida: no regresar a Moscú.

En plena Guerra Fría, la noticia fue leída como un triunfo simbólico de los Estados Unidos. La llegada de la hija de Stalin a Nueva York fue cubierta por todos los medios. El 21 de abril, Svetlana explicó en una conferencia de prensa que buscaba “la expresión personal” que le fue negada durante tanto tiempo en Rusia. Se presentó como una mujer que quería “vivir su propia vida”.

“Gorrioncito”

Svetlana -que luego sería conocida como Lana Peters- nació en 1926. Era la hija de Iósif Stalin y de Nadezhda Allilúyeva, la segunda esposa del líder. Pasó su infancia dentro del Kremlin, entre guardias, institutrices y los juegos con sus hermanos: Yákov, hijo del primer matrimonio de Stalin, y Vasili. Creció rodeada de privilegios, en un entorno protegido, pero a la vez atravesado por el miedo. En los años más duros del régimen de su padre (las purgas), amigos y conocidos podían desaparecer sin explicación.

La niña era la debilidad de su padre. Él la trataba con una ternura que pocos conocían. En el hogar la llamaba “gorrioncito” y acostumbraba a dejarle notitas escritas a mano. A veces las firmaba con una broma que la divertía mucho: “de tu secretario, Stalin”. Otras, le llevaba a su padre los cuadernos de la escuela y Stalin revisaba la ortografía y hacía comentarios en los márgenes, como un padre atento. Para ella, Stalin no era el dirigente temido, sino un padre atento, incluso chistoso. Con los años recordaría esa contradicción: el mismo hombre que podía mostrarse implacable hacia afuera era, en la intimidad familiar, sorprendentemente afectuoso.

Esa dualidad -ser la hija amada de un tirano- marcó su carácter y, en buena medida, su destino. En Twenty Letters to a Friend (título en español: Rusia, mi padre y yo. Veinte cartas a un amigo), el libro que publicó al llegar a los Estados Unidos y se convirtió en un bestseller internacional, contó un juego repetido en su infancia. Reveló que cuando ella le pedía algo a su padre, él respondía en tono de broma: “No pidas, da la orden”. En la intimidad, él fingía ser su secretario y ella, la que ordenaba.

La muerte de su madre fue el “primer shock” en la vida de Svetlana. En noviembre de 1932, después de la cena por el aniversario de la Revolución de Octubre, sus padres discutieron. Esa noche, Nadezhda, de 36 años, se disparó en su habitación.

A Svetlana, que en ese momento tenía seis años, le dijeron que su madre había muerto de una peritonitis. Una versión que creyó durante años. Recién a los 16, mientras leía una revista extranjera descubrió la verdad sobre la muerte de su madre: se había suicidado. “Me quedé aterrada, no creía lo que leían mis propios ojos”, escribiría luego en sus memorias. Y la llevó a pensar por primera vez que “no todo estaba bien” en su entorno y en su familia, reconocería después.

Tras la muerte de su madre, el clima en el Kremlin se volvió más sombrío. Stalin se hizo más reservado y desconfiado, y la relación con su hija comenzó a resquebrajarse.

También marcó a Svetlana la perdida de su hermano mayor. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, los alemanes capturaron a Yákov, que servía en el Ejército Rojo. Tras la derrota alemana en Stalingrado, Berlín propuso intercambiarlo por el general Friedrich Paulus pero Stalin se negó. Según la versión más repetida, Stalin respondió que la Unión Soviética no intercambiaba soldados por mariscales de campo. Yákov murió en 1943 en el campo de concentración de Sachsenhausen.

Según Monika Zgustova, autora de Las rosas de Stalin (2016), una novela biográfica, el vínculo entre Stalin y su hija comenzó a deteriorarse cuando Svetlana dejó de ser la niña obediente y comenzó a mostrar voluntad propia. Stalin se volvió estricto con ella y las tensiones se hicieron visibles.

La carrera universitaria también fue una cuestión. A Svetlana le gustaba el teatro y le interesaba la literatura occidental, pero su padre se opuso. La joven terminó estudiando Historia en la Universidad Estatal de Moscú.

Un amor que Stalin no aprobaba

Por esos años, Svetlana se enamoró de Aleksei Kapler, un cineasta y escritor judío mucho mayor que ella. Pasaban horas conversando de literatura y cine. Poco después, él fue arrestado y acusado de “propaganda antisoviética” y enviado a un campo de trabajo en el Ártico. Oficialmente, se trató de un “delito político”. Para Svetlana, fue algo más que eso: una señal clara de que su padre no estaba dispuesto a aceptar esa relación. “Mis ojos se abrieron y ya no pude seguir ciega”, escribió Svetlana luego.

Después vinieron otras relaciones que tampoco prosperaron. Se enamoró de Grigori Morózov, un estudiante judío al que Stalin miraba con desconfianza. A pesar de ello, se casaron y en 1945 nació su primer hijo, Iósif. El matrimonio terminó en 1948. Un año más tarde, en 1949, y por la insistencia de su padre, se casó con Yuri Zhdánov, hijo del dirigente soviético Andréi Zhdánov, quien reconoció y adoptó al pequeño Iósif. En 1950 nació su hija Yekaterina. Pero esa unión también fue corta y terminó ese mismo año.

La vida sin Stalin

Stalin murió en marzo de 1953. Pero para Svetlana no fue una liberación inmediata: durante años había sido “la hija del líder” y ahora comenzaban a señalarla como “la hija del dictador” cuyo legado empezaba a cuestionarse. En ese momento, los sentimientos se mezclaron: el dolor por la pérdida y una forma difícil de admitir de alivio. El gobierno le prohibió hablar en público de su padre y su vida quedó bajo vigilancia discreta. Todo lo relacionado a Stalin era propiedad del Estado. Incluso ella.

Intentó llevar una vida reservada. Empezó a trabajar como traductora, pero el apellido seguía pesando. En septiembre de 1957 empezó a firmar como Svetlana Allilúyeva, un gesto simbólico que marcaba distancia con el legado paterno.

En 1963, conoció a Brajesh Singh, un comunista indio enfermo que se encontraba en la URSS para recibir tratamiento médico. Vivieron juntos unos años, aunque las autoridades soviéticas no autorizaron su matrimonio con un extranjero. La relación fue, según sus propias palabras, la más serena de su vida adulta. Cuando Singh murió, en 1966, ella pidió permiso para viajar a la India y entregar sus cenizas a la familia. El gobierno se lo concedió de manera excepcional.

Ese viaje, fue una oportunidad. En Nueva Delhi, lejos del control de Moscú, empezó a considerar seriamente no regresar. El 6 de marzo de 1967 pidió asilo en la embajada estadounidense. No fue un impulso.

El exilio

Para la Unión Soviética, su deserción fue un golpe fuerte. Cuando apareció ante la prensa en Nueva York, insistió en que su decisión no estaba dirigida contra el pueblo ruso, sino que respondía a una elección personal. “No soy una persona política, soy un ser humano”, dijo entonces. En esas palabras, se mostraba algo más profundo: el deseo de vivir fuera del nombre que había definido su vida.

Ese mismo año publicó Twenty Letters to a Friend, que se convirtió en un éxito internacional. El libro la convirtió en millonaria, aunque ella donó parte de los ingresos a un hospital en la India en memoria de Singh.

La distancia no la volvió escéptica del amor. En abril de 1970 se casó con el arquitecto estadounidense Wesley Peters, a quien había conocido apenas semanas antes. Desde entonces comenzó a usar el nombre: Lana Peters. Aunque el matrimonio no prosperó, en 1971, a los 45 años tuvo a Olga (hoy conocida como Chrese Evans). Con los años, Olga eligió un camino muy distinto al de su linaje: estilo punk, tatuajes y una vida deliberadamente lejos de la solemnidad histórica (la nieta de Stalin es, claramente, otra historia).

Volviendo a Svetlana: una vez instalada en los Estados Unidos empezó a hablar con mayor franqueza sobre el mundo en el que había crecido. En entrevistas y conferencias criticó no sólo las decisiones de su padre, sino también algunos de los fundamentos del sistema soviético. Sus palabras no pasaron inadvertidas en Moscú.

El gobierno soviético reaccionó con rapidez: le retiró la ciudadanía y la acusó de desacreditar al Estado. La decisión tuvo un efecto curioso: durante varios años, la hija de quien había gobernado una superpotencia se volvió apátrida.

En 1978 obtuvo la ciudadanía estadounidense y recién en 1990, durante el gobierno de Mikhail Gorbachev se le restauró formalmente la ciudadanía. Entre un gesto y otro habían pasado más de dos décadas y un mundo bastante distinto.

Después de separarse de Peters, Svetlana se mudó con Olga a Princeton, Nueva Jersey. Allí empezó a notar algo incómodo: cierto clima antisoviético y una distancia silenciosa hacia su hija. Olga no siempre era invitada a las casas de sus compañeras. “¿Será que Olga también vivirá bajo la sombra del nombre de su abuelo?”, se preguntó. Poco después, en 1981, Svetlana y su hija se mudan a Inglaterra.

Volver a casa

En 1984, a pedido de su hijo que había quedado en la Unión Soviética, Svetlana regresó a su país. Nada resultó como esperaba: la prensa internacional la cuestionó y el reencuentro con su hijo fue distante. Su estancia fue breve y terminó en desencanto.

Olga volvió a Inglaterra y Svetlana regresó a Estados Unidos. Para entonces ya no era la figura mediática de los años sesenta y comenzaron las dificultades económicas. Durante un tiempo recibió dinero cuya procedencia desconocía, lo que la llevó a sospechar, con cierta inquietud, que podía venir de la CIA. Años más tarde diría, según recoge su biógrafa Rosemary Sullivan: “Nunca fui la espía de nadie”.

Durante los años siguientes vivió entre Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, a veces en condiciones modestas, lejos de la atención pública. Había pasado de ser la hija del hombre más poderoso de la Unión Soviética a una mujer que buscaba discreción en pensiones y casas compartidas.

A lo largo de su vida cambió de país, de idioma e incluso de nombre. Pero nunca logró escapar del todo de la historia que había heredado. Comprendió que el exilio no borraba del todo el pasado. Como diría ella misma: “Vaya donde vaya, siempre seré la prisionera política del nombre de mi padre”.

En 2011 le diagnosticaron cáncer de colon. Murió el 22 de noviembre de ese año, a los 85 años. Su hija Olga esparció luego sus cenizas en el océano Pacífico.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/svetlana-iosifovna-la-hija-stalin-que-huyo-de-rusia-para-refugiarse-en-los-estados-unidos-nid10032026/

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