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Trump se esconde detrás de una lupa

Comprometer sutileza geopolítica para entender a Trump es una hermenéutica inútil. Estudiar el mensaje de Trump reclama una logística distinta, frontal, simétrica a la suya, consistente en dar...

Trump se esconde detrás de una lupa

Comprometer sutileza geopolítica para entender a Trump es una hermenéutica inútil. Estudiar el mensaje de Trump reclama una logística distinta, frontal, simétrica a la suya, consistente en dar...

Comprometer sutileza geopolítica para entender a Trump es una hermenéutica inútil. Estudiar el mensaje de Trump reclama una logística distinta, frontal, simétrica a la suya, consistente en dar fe a su teatralidad y al absurdo y evaluarlos como hechos serios.

Sus formas de comunicación son su mensaje. Allí, a plena luz del escenario y en lo que aparentemente es farsa, es donde está el Trump real.

Y lo que comunica es tan obvio que para muchos resulta invisible.

Conviene revisitar aquel estudio de la década del 90 realizado en el MIT por los psicólogos experimentales Arien Mack e Irvin Rock, que identificaron los motores de lo que bautizaron como “ceguera de inatención”, el efecto por el cual algo demasiado obvio pasa totalmente desapercibido. Cuarenta años después, una buena parte de la sociedad de las pantallitas hace lo mismo, pero en masa, viendo posteos o declaraciones de Trump o una redada de sus brigadas ICE deteniendo niños, y no dando justo crédito al manifiesto golpe de timón mundial que ocurre en tiempo real.

Como en aquel cuento de Poe, “La carta robada”, donde el ladrón esconde una carta en el lugar más visible, mientras las mentes más lúcidas de la policía no pueden encontrarla por subestimar lo elemental, Trump nos dice a gritos algo insultantemente obvio.

Dice “fascismo”.

Europa está en su mira porque es el lugar del mundo que, luego de inmensos horrores históricos, logró un acuerdo extraordinario: el consenso que hizo prosperar el sistema democrático y sumar países a un estándar no solo de calidad de vida, sino de calidad institucional exponencial, sin precedentes. Viviendo en Londres hace quince años, doy fe de que eso es cierto.

Por eso, Trump enfrenta a Europa con cualquier excusa: Ucrania, Groenlandia, Dinamarca, o el Comité del Premio Nobel, o Noruega o la energía eólica y turbinas que arruinan sus canchas de golf.

Conviene leer o escuchar al insólito streamer/ideólogo Curtis Yarvin, porque es el teórico detrás de los consejeros de Trump, desde Steven Bannon hasta Stephen Miller. Curtis Yarvin habla desde lo que él proclama “Iluminación oscura”, invoca la razonabilidad de la esclavitud, argumenta que hay razas que son más proclives a la servidumbre y otras más autorizadas para dominar. Razona que el imperio de la fuerza y la supremacía física son el camino inevitable del progreso. Concluye que el mundo sería mejor con monarquías de CEO atendiendo sus países/empresas/ciudadanos, porque el poder supremo es más simple y logra más.

Y la sociedad neurotizada por tanta comunicación brevísima y extrema es perfecta para el plan.

Iain McGilchrist describe en su libro El maestro y su emisario que las sociedades, en la medida en que van siendo más cínicas, se convierten paradójicamente en más crédulas.

Dudamos tanto de todo, consideramos todo tan complejo, nos autoabastecemos de tantas teorías conspiratorias cruzadas que quedamos en estado de atontada pausa.

Y si a eso sumamos años de un pseudoprogresismo sobreactuado de la extrema izquierda que impedía hablar sobre aquello que sentíamos desde el más sincero sentido común, tenemos hoy la respuesta perfecta: alguien desde el poder que sin la menor culpa dice lo que sea, no importa cuán estúpida o cruelmente lo haga sobre sexualidad, razas, credos, capacidades, discapacidades, ideologías, ciencias, religión.

Trump es como un rey que, desde su avión, tira estiércol a la gente que no está de acuerdo con él, su propia gente. Y lo publica en su perfil presidencial gracias a su nueva amiga, la inteligencia artificial, creada por sus nuevos amigos, los megarricos de su tec-oligarquía. Recordemos a Mussolini y su idea de que no hay dominio perfecto de una sociedad sin una tecnología eficiente.

Trump quiere evidenciar que Europa es débil, y porque es un continente aún pensante y peligroso, lo castiga; ve a Europa femenina y feminista, mientras que el lugar de la mujer es “el de antes”. Europa es gay como adjetivo, no es multicultural, sino una sociedad infectada; es todo lo que él considera un ejemplo de decadencia. Y quiere que sepamos que es más eficiente un mundo en manos de aguerridos caudillos globales, como Putin y él, que no dudan. Ellos y solo ellos pueden asegurarnos una especie de paz –paz mafiosa– entre este y oeste.

Por eso Trump lo muestra todo en sus mensajes. Porque considera que nosotros, al ver mucho, ya no vemos.

Ojalá que los que aún sentimos amor por la democracia alcemos la voz individual, la “voz chica” de ciudadanos, ya que el tiempo es ahora o puede que no sea nunca.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/trump-se-esconde-detras-de-una-lupa-nid28012026/

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