Generales Escuchar artículo

Un drama griego: la trágica historia de la heredera millonaria codiciada por dos de los hombres más ricos y poderosos del mundo

Eugenia y Athina Livanos eran hijas del poderoso y multimillonario armador griego Stavros Livanos. Si bien este empresario era reconocido por su extrema austeridad, las niñas de sus ojos crecieron...

Un drama griego: la trágica historia de la heredera millonaria codiciada por dos de los hombres más ricos y poderosos del mundo

Eugenia y Athina Livanos eran hijas del poderoso y multimillonario armador griego Stavros Livanos. Si bien este empresario era reconocido por su extrema austeridad, las niñas de sus ojos crecieron...

Eugenia y Athina Livanos eran hijas del poderoso y multimillonario armador griego Stavros Livanos. Si bien este empresario era reconocido por su extrema austeridad, las niñas de sus ojos crecieron con las comodidades, los viajes, los lujos y la educación de verdaderas princesas.

Tina (así le decían a Athina, la menor) comenzó a llamar la atención al llegar a su adolescencia por su belleza y elegancia. Por eso no tardo en convertirse en el objeto de deseo de los otros dos magnates navieros del país helénico, mucho más grandes que ella. Ambos compitieron por su amor: Aristóteles Onassis y Stavros Niarchos.

Los dos millonarios, en aquella década de 1940, figuraban entre los más ricos del planeta y protagonizaban una rivalidad casi enfermiza en los negocios y emprendimientos. Pero también pugnaban por ver quién ostentaba un mayor poder, tanto en lo económico como en su estatus social.

De acuerdo con esto, a lo largo de los años, ambos tuvieron su propio y majestuoso yate –“Cristina”, el de Aristóteles, y “Atlantis”, el de Stavros–, sus respectivas islas en el Mediterráneo –Skorpios y Spetsopula–, sus fiestas espectaculares con celebridades e invitados reales y sus estupendas amantes. Todo lo que uno hacía, el otro lo debía superar.

La competencia por Athina

En esta misma lógica, los dos navieros millonarios le pidieron al tercero, Livanos, la mano de su bella hija. Primero lo hizo Niarchos. Pero el papá de Tina ofreció para él la mano de su primogénita, Eugenia, que entonces tenía 17 años y que el magnate deseaba casar primero. En ese momento, la menor de las Livanos tenía tan solo 14 años. Su pretendiente, 34.

Allí donde Niarchos desistió en sus pretensiones de matrimonio con Tina, es donde empezó la insistencia de ‘Ari’. El eterno competidor de Niarchos no cejó en su insistencia en pedir la mano de la muchacha. Estuvo tres años haciéndolo y, finalmente, el padre y la hija aceptaron la propuesta de matrimonio.

El casamiento de Aristóteles, de 40 años, y Athina, de 17, se realizó en la Iglesia Ortodoxa Griega de Nueva York el 28 de diciembre de 1946. Aquel día de los inocentes, en el Terrace Room del Plaza Hotel neoyorquino se celebró la lujosa recepción de los recién casados. Allí acudió lo más granado de la alta sociedad internacional, entre los que se contaban grandes empresarios, algunas celebridades y figuras de la realeza.

Entre los invitados se encontraba el mismísimo Stavros Niarchos. Algunos cronistas de la época consideraron que este convite fue la manera en que Aristóteles le restregó a su colega y competidor su triunfo en las lides amorosas.

Rivales y concuñados

Pero Stavros no se quedó atrás. Pese a estar casado con su segunda esposa Melpomene Capparis en el momento de la boda de su rival, aprovechó la suntuosa fiesta para acercarse a Eugenia Livanos con fines de conquista. Y fue tan certero en sus intenciones, que un año después, tras un divorcio súbito, el naviero griego contrajo matrimonio con la hermana mayor de Tina.

De este modo, las tres familias de armadores más importantes de Grecia, y posiblemente del mundo, quedaban unidas por lazos matrimoniales. Los dos enemigos en los negocios ahora eran concuñados.

Lamentablemente, como si se tratara de un juego de espejos, ambos matrimonios estuvieron signados por la infelicidad. Los caprichos románticos de los navieros terminaron en sendos fracasos.

Un matrimonio, muchos engaños

En el caso de Onassis y Tina, según los biógrafos del magnate, todo estuvo mal desde el principio. Él no renunció ni al ritmo vertiginoso de sus negocios ni a sus aventuras con otras mujeres. El matrimonio tuvo dos hijos, Alexander, en 1948, y Christina, en 1950. Al parecer, fue de lo poco que tuvieron en común. Solo se encontraban en las fastuosas fiestas a las que eran invitados, donde sonreían para las fotos, simulando una felicidad que no se prodigaban el uno al otro.

Hacia finales de los 50, la menor de las hermanas Livanos se hartó de los engaños de su esposo y decidió ella también tener su propia aventura. Comenzó a salir con el millonario y playboy venezolano Reinaldo Herrera —que luego sería esposo de la diseñadora Carolina Herrera.

El ataque de celos de Aristóteles Onassis por lo hecho por su mujer fue digno de un culebrón. Poco después organizó un crucero en su ostentoso yate “Christina” al que invitó a la prestigiosa soprano griega María Callas, que entonces era su amante. A la travesía también fueron invitados el marido de la cantante y, obviamente, también Tina. Fastidiada con tremenda humillación, la esposa de Aristóteles decidió abandonar el crucero a mitad del recorrido en uno de los puertos que tocó el “Christina”.

El mundo se enteró de la relación entre el naviero y la estrella de la ópera. Fue el principio del fin. En 1960, Ari y Tina se divorciaron.

Asoma la tragedia

Por su parte, a Stavros y Eugenia no les fue mucho mejor. Niarchos era un hombre difícil, poco presente a causa de sus obligaciones empresariales y también afecto a las aventuras extramatrimoniales. El conflicto más sonado de esta relación ocurrió en 1965, cuando el magnate se separó de su mujer para tener una relación con Charlotte Ford, descendiente de Henry Ford, el legendario fabricante de automóviles.

Menos de dos años después, y luego de tener una hija con su nueva pareja, Stavros regresó a los brazos de Eugenia, con quien volvió a unirse. Ambos acordaron borrar del testamento del griego a la señora Ford y a su hija, Elena. Actuaron como si nada de todo aquello hubiera existido.

El 4 de mayo de 1970, esta historia de competencia entre millonarios y de desavenencias amorosas se transformó, definitivamente, en una tragedia griega.

Es que ese día encontraron muerta a Eugenia Livanos en Spetsopoula, la isla privada de Niarchos. La mujer presentaba moretones en sus brazos y en un momento hubo sospechas de la posible participación de Niarchos en el deceso, pero la causa oficial de la muerte fue una sobredosis de barbitúricos. La mujer tenía 44 años y era madre de cuatro hijos.

La historia de los amores de los dos rivales no concluyó con el fallecimiento de Eugenia. Ni mucho menos. Luego del divorcio de Onassis, Tina se había casado con John Spencer-Churchill, marqués de Blandford y heredero del ducado de Marlborough. Pero en 1971, ella se divorció de este noble británico y le dio al mundo una tremenda sorpresa. Athina Livanos se casó en secreto nada menos que con Stavros Niarchos, el archienemigo de su ex y viudo de su propia hermana.

La boda de estos dos personajes produjo una ola de críticas en la conservadora sociedad griega, que consideraba que Tina y Stavros habían consumado una unión maldita y hasta tabú.

Una muerte que cambió todo

Dos años más tarde, la posible felicidad que habría alcanzado Tina con su nuevo esposo terminó astillándose en mil pedazos por causa de la fatalidad. Alexander, el hijo de Athina y Aristóteles, tuvo un accidente con su avioneta el 24 de enero de 1973 en Atenas y falleció dos días después.

A partir de ahí, la menor de las Livanos se entregó a las pastillas. Poco después del accidente de su primogénito, el 10 de octubre de 1974, ella moriría de la misma forma que su hermana mayor, por un exceso en el consumo de barbitúricos. Estaba en la mansión parisina que compartía con su nuevo marido. Tenía 45 años. Las dos hermanas están hoy en el cementerio Bois-de-Vaux, de Lausana, en Suiza.

Christina Onassis, de 23 años entonces, demandó a su padrastro y pugnó por la herencia de su madre. Stavros no opuso ninguna resistencia y le dio a la hija de Aristóteles lo que le pedía. Un conjunto de inversiones, propiedades, joyas y obras de arte que rondaba en total los 250 millones de dólares.

Aristóteles Onassis, en tanto, falleció muy poco después que su ex. Fue el 15 de marzo de 1975. Tenía 69 años y una fortuna inmensa, pero murió solo en el Hospital Americano de París. Nunca superó la inmensa tristeza de haber perdido a su hijo, de tan solo 24 años. “Si Alexander murió, ya no tiene sentido seguir viviendo”, es una frase que le atribuyen al magnate griego.

Stavros Niarchos, el cuarto protagonista de esta historia, sobrevivió varios años a los otros tres. Falleció en 1996, a los 87 años, en Zúrich. Sus restos descansan en el mismo cementerio donde yacen sus exesposas Eugenia y Athina Livanos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/un-drama-griego-la-tragica-historia-de-la-heredera-millonaria-codiciada-por-dos-de-los-hombres-mas-nid17072026/

Volver arriba