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Un grupo de sinvergüenzas que movió el eje de la Tierra

Son indestructibles. Son indios, son salvajes, son guerreros. Volvieron desde donde jamás se vuelve. Estuvieron en el lugar más destemplado que reserva el deporte, donde se congela la sangre, don...

Un grupo de sinvergüenzas que movió el eje de la Tierra

Son indestructibles. Son indios, son salvajes, son guerreros. Volvieron desde donde jamás se vuelve. Estuvieron en el lugar más destemplado que reserva el deporte, donde se congela la sangre, don...

Son indestructibles. Son indios, son salvajes, son guerreros. Volvieron desde donde jamás se vuelve. Estuvieron en el lugar más destemplado que reserva el deporte, donde se congela la sangre, donde se paraliza el alma, donde la mente se confunde y los músculos se contracturan. Estuvieron en la tierra de sin retorno. Pero se escaparon del destino, lo torcieron, movieron el eje de rotación del planeta, cambiaron la frecuencia de las mareas. La Argentina acaba de crear una dimensión paralela. Sino, no se puede creer que todo lo que ocurrió en Atlanta haya sido real.

Cualquier rival tendrá que jugar muy bien al fútbol para echar a la Argentina del Mundial 2026. De otro modo será imposible. El corazón de la selección es inagotable, sus reservas de confianza son inextinguibles. Los campeones del mundo son tan atrevidos que se animan a tomar de las solapas a la suerte, a la casualidad, a los imprevistos y prepotearlos hasta cambiar su decisión. Son los años más electrizantes en la historia de la selección argentina por culpa, por mandato, de un grupo de sinvergüenzas. Claro, tipos hechos para aventurarse a todo. Desbocados de espíritu, valientes hasta la glorificación.

Nunca antes la Argentina había encadenado once partidos invicto en los mundiales. Y varios los estuvo por perder. Porque Australia la zamarreó en el cierre de los octavos de final de Qatar 2022, pero resistió. Porque Países Bajos obligó a un alargue que no estaba en el libreto de nadie e, incluso, hubo penales que no hubiesen sido necesarios. Pero la tormenta quedó atrás. Porque Francia, por el coloso Mbappé, le dio vivacidad a la mejor final de la historia y los penales escribieron el más luminoso capítulo de los sobrevivientes albicelestes. Porque Cabo Verde, casi sin darse cuenta ni proponérselo, mostró los bordes del abismo. Porque Argentina perdía 2-0 y estaba a 20 minutos de ceder el trono. Y porque nunca en su historia en las Copas del Mundo, la Argentina había revertido un 0-2. Este campeón es un desobediente. Nada es inalcanzable, no existen los improbables. Son los dueños exclusivos de su historia, no delegan nada ni en astros, ancestros o divinidades. Son ellos contra el mundo. Un juramento de hermandad intimidante.

El abismo paraliza o envalentona, y esa es la bisagra para hacer historia. Estos jugadores saben que habrá un final, por eso están empeñados en demorarlo. Hay una conducción que propone rebeldía. Como futbolistas de selección, el cuerpo técnico se diplomó en derrotas y la generación actual creció viéndole las cicatrices. Conocieron el dolor a través de las carreras de Ayala, Samuel, Aimar y de Scaloni, sin atravesarlo todavía. Son sabuesos. Son jugadores de selección, un atributo especial, y por tanto, no tan frecuente. Muchos de ellos son más influyentes y desequilibrantes en la Argentina que en sus clubes. En sus clubes son muy buenos, pero en la selección ascienden a determinantes. Son hombres que rompen tradiciones malditas. Muletillas, mandatos y preconceptos. Por eso rompen hasta con la lógica.

No fueron 13 minutos mágicos, no ocurrió porque sí. Tampoco se trató de un milagro, sería faltarle el respeto a tanta bravura. Ellos lo provocaron con la prepotencia de los intrépidos. Si Lionel Messi es extraordinario y su leyenda inabarcable, sus compañeros acompañan la fábula con sus salvajes agallas. Cómplices y gregarios, empujaron hasta derribar la pared y lo siguen haciendo. Nunca abandonaron el partido contra Egipto, no se hubiesen perdonado desertar. Jamás se sintieron perdedores. Entregarse al sopor del destino inevitable hubiese sido la reacción de cualquiera. Justo lo que ellos no son. El mundo está advertido de que estos campeones no se rinden. No podrían mirarse a la cara entre ellos, jamás van a capitular. Las lágrimas no son de alivio, sino de orgullo. Volvieron del camino sin retorno para recordarle al mundo que son capaces de todo. Provocan admiración, respeto. Y miedo, porque ellos ya no le temen a nada.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/un-grupo-de-sinverguenzas-que-movio-el-eje-de-la-tierra-nid07072026/

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