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Un policial con aromas de arrabal y coordenadas de clásico

“Este mundo no huele muy bien, pero es el mundo en que vivimos”, dijo alguna vez en El simple arte de matar el escritor Raymond Chandler, padre de la literatura negra norteamericana y conductor...

Un policial con aromas de arrabal y coordenadas de clásico

“Este mundo no huele muy bien, pero es el mundo en que vivimos”, dijo alguna vez en El simple arte de matar el escritor Raymond Chandler, padre de la literatura negra norteamericana y conductor...

“Este mundo no huele muy bien, pero es el mundo en que vivimos”, dijo alguna vez en El simple arte de matar el escritor Raymond Chandler, padre de la literatura negra norteamericana y conductor de una narrativa que explora los claroscuros del ser humano. La muerte, la corrupción, la inmoralidad y, en el medio, la vida, algo que no se puede descifrar deductivamente. Más bien, el creador del detective Phlilip Marlowe es más realista con la existencia, y en el devenir de su obra se plasman las incertidumbres y los sinsabores de la búsqueda de sentido.

De estas historias no provienen mundos de éxito, sino los bajofondos que ven pasar el mundo de los otros. Para hacer una consideración argentina, son prosas que suenan como un tango de Daniel Melingo, de voz aguardentosa, en el que la caminata necesita unas muletas para transitar recovecos sórdidos. “Éxito es ser hijo de padres ricos. El resto es cagarse de odio y ver cómo pelearla”, decía Carlos Busqued, otro escritor que rumbeaba por este norte con más ferocidad aún.

Algunos referentes en la Argentina que exploraron ese ecosistema de marginalidad y prohibiciones fueron y son Juan Sasturain, Ricardo Piglia, y antes, entre otros, - por qué no - Roberto Arlt. O más para acá en el tiempo, Leonardo Oyola, Kike Ferrari, Claudia Piñeiro, María Inés Kreimer, tan solo por dar algunos nombres. “Este mundo no huele bien”, decía Chandler, para dejar claro que la ficción de vidas en los suburbios y barrios marginales son parte de una misma geografía alimentada por la cotidianeidad y las peripecias que debe hacer un ser ordinario para vivir. Más que jugar a lo deductivo y presumir inteligencia desde un tablero de ajedrez para resolver un asesinato, lo que acecha en este marco es la experiencia por subsistir.

Dentro de este amplio terreno narrativo siguen apareciendo voces. Ahora hace su entrada la novela Regreso a Calipso, de Juan van Peborgh; una historia que homenajea a esa literatura policial que combina lo clásico –con algunas pinceladas de Edgar Allan Poe, Borges y los comienzos literarios de Rodolfo Walsh– y lo negro, con el crimen como espejo de la sociedad. Como escribe Ricardo Piglia en su texto Lo negro del policial, “La sociedad es vista desde el crimen: en ella se ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones personales hasta reducirlas a simples relaciones de interés, convirtiendo a la moral y a la dignidad en un simple valor de cambio”.

Amor y redención

Regreso a Calipso transcurre en Coronel Dorrego, un pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires, en el que se dan varias muertes. Aparecen allí un policía que busca redención, un amor del pasado que esconde un entramado de corrupción, misterio, injusticias y la Odisea de Homero como una fuente de pistas tras los rastros de los asesinatos. Un policial de claras alusiones a lo negro sobre negro. “Un mundo en el que un juez que tiene una bodega clandestina llena de alcohol puede enviar a la cárcel a un hombre apresado con una botella de whisky encima”, explica Chandler en El simple arte de matar. “No es extraño que un hombre sea asesinado, pero es extraño que su muerte sea la marca de lo que llamamos civilización”.

En esta historia que plantea Van Peborgh, por un lado están Damián Krug y Elena Lewiston, los personajes centrales. Uno es comisario del pueblo y la otra, bióloga marina. Del otro lado aparece una banda de organización ilícita que principalmente practica la estafa, integrada por un empresario que regentea bingos y casinos en la localidad de Quilmes, un guardaespaldas –“El Gordo”-, un abogado y un consignatario de hacienda. Con el escenario de Coronel Dorrego, un pueblo sin sobresaltos, bajo el manto de una moral que presume armonía y buenas costumbres, se esconden tejes y manejes que interrogan la idiosincrasia de este lugar de no más de 12 mil habitantes, con un hábitat de tranquilidad y frecuentes robos de rateros que ahora es sacudido por una serie de asesinatos a resolver.

Con algo de espíritu de policial clásico, las primeras deducciones aparecen mediante la pasión literaria de uno de los personajes, y en varios apartados se trenza en charlas que navegan por los argumentos de la Odisea, el poema de Homero que narra la vuelta a casa del héroe Ulises tras la Guerra de Troya. “¡Qué metejón te agarraste con la Odisea, por Dios! No hablabas de otra cosa. Todos tus juegos remitían a eso. Salíamos a la laguna a remar en la canoa y para vos íbamos en ‘la cóncava nave que surcaba en vinoso mar´”, le dice Elena a Krug en medio de uno de esos diálogos que huelen también al cine de Quentin Tarantino, en los que afloran los recuerdos durante su encuentro en Dorrego por la muerte de Francho Sáenz Funes -intoxicado por unas almejas que comió- y se convierte en el disparador de todo lo que acontecerá más adelante.

“Krug le contó en detalle la teoría de Contreras, explicando cómo los asesinatos reflejaban el relato de la Odisea a partir del episodio de los lotófagos asociado a la intoxicación amnésica de Francho, seguido de las muertes de los demás estafadores en una secuencia idéntica a la del viaje de Ulises”, escribe el autor en ese juego literario que hace el personaje para empezar a develar el signo de cada muerte y en la que encuentra algunas primeras huellas. “Ulises y su banda se mandaron esa macana, hicieron algo muy feo, y los dioses quisieron escarmentarlos. Y en la próxima parada, los castigaron con el olvido”, le dice Krug a Elena, quien no entiende la relación obsesiva que plantea este policía con el relato de Homero.

“Hacen escala en la tierra de los lotófagos, que les dan de comer algo que hace que se olviden de todo. De sus casas, de sus familias, de su afán de regresar”, prosigue con su explicación. Ante la respuesta atónita de Elena y la pregunta de qué tiene que ver todo lo que está diciendo, arremete: “Francho se portó muy mal con vos, hizo algo horrible. ¿Y de qué murió? ¡De la enfermedad del olvido! Vos misma usaste el termino: intoxicación amnésica por mariscos”.

Un salto hacia otras pasiones

Van Peborgh nació en Buenos Aires y lo que más le gusta es escribir. Regreso a Calipso es su tercera novela. Antes publicó La otra orilla y Fuel (en inglés), disponible en Amazon. Su vida transcurrió por distintas ciudades del mundo. Vivió en Vancouver, San Francisco, Boston y Río de Janeiro. Se formó en la Universidad de Standford en la carrera de Economía y obtuvo un posgrado en Administración en Harvard. Pasó 33 años en el mundo de los negocios hasta que decidió dar un vuelco, saltar su propia muralla y habitar lo que ocupa la mayor de sus pasiones: el ámbito de las letras.

En esta novela se precisa la conexión y el gusto por la narrativa policial, en la que centra el viaje dentro de una realidad oscura y el mestizaje de una prosa que contiene las mejores influencias de un genero que alberga misterio, lógica, marginalidad, soledad y proezas en busca de recuperar un amor. Por momentos con tono chandleriano y por otros, con guiños a Arthur Conan Doyle.

“Esa llanura era como la vida misma: una sucesión interminable de pasos y de días. Halló un extraño consuelo en pensar que así era el mundo, así la realidad, que todos los caminos conducían a la nada, igualmente carentes de destino. Y, sin embargo, no lograba convencerse. Algo le decía que un solo hecho, una sola acción decisiva –tal vez una omisión– podían definir su suerte. Había nacido con una moneda en la mano y tenía que arrojarla al aire, jugarse todo. Aunque perdiera la vida”, escribe Van Peborgh.

El autor construye un texto con las coordenadas de un género que cristaliza los tormentos sociales de las almas corrompidas por el dinero. Encumbrado en las plumas norteamericanas que construyeron relatos de sangre, sudor y adrenalina, Van Peborgh se da una vuelta por el thriller y con detalles cinematográficos, alcanza diálogos que hacen avanzar la trama hacia un concepto que alguna vez señaló Leila Guerriero sobre la observación de las personas: nadie es ni monolíticamente bueno ni monolíticamente malo. Un paradigma nietzscheano que aduce que la contradicción es el motor de la historia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/un-policial-con-aromas-de-arrabal-y-coordenadas-de-clasico-nid15032026/

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