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Un tiempo en que las instituciones se han vuelto impopulares

La historia me la refirió un gran periodista cultural. Allá por los años 70, él quedó transitoriamente al frente del negocio familiar en el barrio de Once. Durante ese breve período en que de...

Un tiempo en que las instituciones se han vuelto impopulares

La historia me la refirió un gran periodista cultural. Allá por los años 70, él quedó transitoriamente al frente del negocio familiar en el barrio de Once. Durante ese breve período en que de...

La historia me la refirió un gran periodista cultural. Allá por los años 70, él quedó transitoriamente al frente del negocio familiar en el barrio de Once. Durante ese breve período en que debió atender el local llegó un importante pedido de telas de una tradicional sastrería de la época: Modart. Se hicieron presentes en el negocio dos empleados mal entrazados y eligieron las telas más feas que había. Quedó estupefacto, no sabía si cortar o no los pliegos, temía que luego llegara una contraorden y se arruinara la partida justo cuando él había quedado a cargo. Llamó a su padre y le trasladó la inquietud. “¿Te cercioraste de que fueran realmente de Modart esos tipos?”, le preguntó. Ante la respuesta afirmativa, le sugirió que llamara al dueño de la sastrería, un personaje emblemático de la fauna textil porteña. Del otro lado del teléfono, resonó la voz del viejo patriarca con una respuesta completamente inesperada: “¿Dos tipos que parecen unos tontos? Sí, cortá las telas que eligieron; los contraté a propósito: cuando selecciono yo, que sé mucho del métier, nadie me compra los trajes; ellos en cambio no fallan, eligen lo que le gusta a la clientela”.

En esta anécdota se cifran algunos matices de lo que está ocurriendo con las democracias occidentales por estos días. Ciudadanos hartos del orden normativo, de la prolijidad, de la lentitud de las instituciones, de los derechos humanos y de todo un cúmulo de valores que habitualmente son reivindicados por las personas más lúcidas. Es la era del desprecio por los límites y la racionalidad.

Ese orden normativo que anclaba su tradición en las monarquías constitucionales que se extendieron por Europa en el siglo XVIII, como una forma de limitar el poder del rey, y se consolidó en la segunda posguerra, cuando después de un espantoso baño de sangre se asumieron compromisos recíprocos como una barrera a los liderazgos contingentes, hoy está puesto en duda. Era una suerte de doble “nunca más”: en la órbita interna, el compromiso de respetar ciertos principios humanitarios; en la internacional –si bien no existe forma de obligar a un país poderoso a cumplir la orden de un tribunal–, el compromiso de no agresión, el respeto por la integridad territorial. Hoy esos límites están borroneados y en proceso de disolución en ambos niveles.

En lugar de un orden normativo, que reputan ineficaz, muchos pueblos prefieren un líder mesiánico y gritón que empalme con sus obsesiones y necesidades. Muchas veces esos impulsos no responden a la realidad, pero sí a las pulsiones intuitivas: arrasar a los inmigrantes, que presuntamente quitan trabajo; arrasar a los sospechosos, que pueden amenazar nuestra propiedad; arrasar a los países que no quieren vendernos un producto; arrasar a los que no se amoldan a los cánones sexuales oficiales; terminar con los partidos políticos; terminar con toda una tradición de apego a las normas que llevó a que donde antes se quemaban herejes ahora se admita la disidencia; terminar con un orden que, mal o bien, logró ocho décadas de relativa paz.

Como este sentimiento tiende a ser predominante, la oferta electoral pone en el menú candidatos desaforados, hiperpresidencialistas, decisionistas, antirrepublicanos e iliberales, que responden a ese perfil violento del clima de época. En nombre de una presunta eficiencia cuya demostración por ahora no ha mediado, la democracia y el respeto por los derechos humanos cayeron en desuso.

Se permite sin chistar la degradación de la condición humana: presos rapados, uniformados y hasta semidesnudos a los que se los compele a desplazarse en la posición encorvada del Australopithecus, bajo la mirada patibularia de los carceleros; fuerzas parapoliciales que allanan domicilios, indagan y apresan ciudadanos; precipitados asesinatos callejeros infligidos por el Estado ante una mera “respuesta descortés”; países enteros colonizados a bajo costo por otros, mediante contubernios con la propia dictadura residual; territorios que un país exige que sean traficados, por las buenas o por las malas, en nombre de una supuesta “necesidad geopolítica”; funcionarios independientes, encargados de custodiar el valor de la moneda, perseguidos en nombre de la perentoriedad política; aranceles empleados como herramienta de venganza; burlas y bullying a los opositores y al periodismo. En una palabra: crucifixión simbólica como sustituto piadoso de la física y, si a mano viene, también física. A todas luces, irrumpe el tecno-cowboy imperialista del siglo XXI.

A la pregunta de cómo combatir al caníbal la respuesta mayoritaria parece ser: comiéndoselo. No es que estas prácticas antes no ocurrieran; ocurrían, sí, pero en lugares con fuertes sesgos antidemocráticos. El ataque a Kuwait en 1990 se inscribía en las barbaridades de Saddam Hussein. Los crímenes de Anna Politkovskaya, Alexander Litvinenko y Alexei Navalny, como la anexión de Crimea y la invasión a Ucrania, iban a la cuenta de Putin. El desarrollo nuclear vidrioso ocurría en Corea del Norte, China o Irán. Las persecuciones y asesinatos en Nicaragua, Cuba o Venezuela eran fruto del anacronismo comunista. Los golpes de Estado se daban en países “bananeros”. La misma Guerra de Malvinas (más allá de la justicia histórica) se imputaba a una dictadura militar.

Más aún, cuando las agresiones eran perpetradas por países democráticos, como el caso de Irak en 2003, al menos se guardaban las formas (el invasor declaraba que no quería quedarse con territorio ajeno ni con la producción petrolera) y, sobre todo, tenían muy mala reputación: bastará recordar que a raíz de esa invasión la imagen positiva de Bush en la Argentina se redujo al 3 %; en la actualidad, en cambio, aplaudir prácticas abiertamente imperialistas da votos.

Así como la burguesía imita hoy al proletariado en la vestimenta y el lenguaje, los faros de tradición democrática –en los que florecieron grandes escritores como Faulkner y Hemingway, donde prosperó el jazz, donde nació el pop, donde están las universidades más prestigiosas, donde dos modestos periodistas pudieron hacer caer a un poderoso presidente– han tomado como paradigma a los totalitarios. El mundo tiende a dividirse en tres zonas de influencia homogéneas entre sí: todas opacas. A este modelo le falta burguesía y le sobra ejército.

Esto nada tiene que ver con la clásica puja entre realismo e idealismo políticos, entre Maquiavelo (al que vanamente dieron por muerto) y el inabarcable Kant. El realismo clásico podía ser cínico, podía negociar con el enemigo, pero cuando era democrático no violentaba compromisos normativos tales como la integridad territorial. El realismo podía ser pragmático, pero se atenía a las reglas republicanas, no se le ocurría matar a alguien en la calle simplemente porque fue “descortés”, ni abrogar el sistema de frenos y contrapesos, ni aferrarse al poder con una chirinada.

La pregunta crucial es si este apagón humanitario es un hiato pasajero de matonismo y, más temprano que tarde, se volverá al orden de posguerra, como parece surgir del discurso enérgico de Emmanuel Macron; si, por el contrario, se va a un paradigma novedoso, sobre la base del poder y la fuerza como únicos valores dominantes, con poderosos y sometidos, tal como se desprende de la postura del Donald Trump; o bien si estamos en presencia de una antítesis que intenta desplazar la tesis (el fatigado orden de posguerra), por lo cual es necesaria la búsqueda dialéctica de una síntesis cooperativa, un nuevo orden, como sostuvo el primer ministro canadiense, Mark Carney. En cualquier caso, vivimos un retroceso civilizatorio al que urge poner en entredicho: no hay que seleccionar tontos para que elijan las peores telas; la hora exige volver a dar crédito a nuestros intelectuales lúcidos, reponer la inteligencia en su rol creativo y –siguiendo a Sarmiento– reeducar al soberano.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/un-tiempo-en-que-las-instituciones-se-han-vuelto-impopulares-nid27012026/

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