Generales Escuchar artículo

Una neurocientífica canadiense explica qué ocurre en el cerebro cuando el estrés se vuelve crónico

Hay un tipo de cansancio que no se cura con un fin de semana largo. No se nota de golpe, no duele y, sin embargo va limando la atención, la paciencia, la creatividad y hasta la manera en que decid...

Una neurocientífica canadiense explica qué ocurre en el cerebro cuando el estrés se vuelve crónico

Hay un tipo de cansancio que no se cura con un fin de semana largo. No se nota de golpe, no duele y, sin embargo va limando la atención, la paciencia, la creatividad y hasta la manera en que decid...

Hay un tipo de cansancio que no se cura con un fin de semana largo. No se nota de golpe, no duele y, sin embargo va limando la atención, la paciencia, la creatividad y hasta la manera en que decidimos. Cuando finalmente lo registramos, muchas veces ya estamos funcionando “en automático”: más o menos presentes en el trabajo, lejos de estar disponibles a nivel interior.

La neurocientífica canadiense Terrie Hope se refiere a este cuadro demasiado normalizado en la vida moderna sin rodeos: estrés crónico.

El hábito, en el que todos caemos, que afecta tu mente sin darte cuenta

Con una formación inicial en la industria farmacéutica y un giro posterior hacia la neurociencia aplicada, desde 2010 Hope se dedica a investigar cómo los cambios en la coherencia neural y la regulación del sistema nervioso influyen en la función cognitiva y la resiliencia psicológica y emocional. En su currículum está haber sido miembro del equipo neurocientífico de Joe Dispenza y liderar el primer estudio para evaluar la efectividad de access bars, una técnica manual inventada por Gary Douglas en 1995, hoy asociada a mejoras en coherencia cerebral y disminuciones en indicadores de ansiedad, depresión y estrés.

Actualmente viaja por el mundo como conferencista y trabaja con líderes corporativos y atletas de élite para optimizar el rendimiento y modificar esquemas productivos. Su propuesta apunta a repensar el paradigma de “resistir y empujar” por uno más sano y sostenible, donde bienestar y alto desempeño sean dos caras de la misma moneda. “No estamos frente a un problema de motivación. Estamos viendo el límite de un modelo que exige sin recuperar”, advierte Hope. “Hay una idea instalada de que el cerebro controla todo, pero es exactamente al revés: cuando hablamos de la mente y de cómo existimos en el mundo, el cerebro es lo último".

—¿Y qué es lo primero?

—La persona. El “ser”. Es lo que nos impulsa y lo que toma las decisiones.

—¿Sería el equivalente a lo que muchos llamamos alma?

—Podría decirse que sí. Lo que hace que quieras quedarte en un lugar haciendo algo no es tu cerebro: es algo más. Lo que te dice que algo funciona y otra cosa no. Lo que te impulsa a hacer las cosas de determinada manera. La experiencia vivencial no pasa por el cerebro, pasa por la persona como un todo. El cerebro sufre las consecuencias de nuestro modo de vivir y, naturalmente, es el que nos frena cuando “empujamos” demasiado.

—“Empujar demasiado”. “Seguir produciendo a pesar de”. Son algunas de las premisas de la vida moderna...de las cuales muchos creen imposible escapar.

—Sí. Y ahí radica el problema: el modelo que durante mucho tiempo fue la norma está demostrando a gritos que ya no es ni eficiente, ni sostenible, ni humano.

—Si el “ser” impulsa y el cerebro regula, ¿cómo entra el estrés en esa relación?

—Para empezar, el estrés es una percepción individual: lo que es estresante para vos puede no serlo para mí y viceversa. En segundo lugar, el estrés no es una enfermedad: no se puede señalar ni cuantificar. No se puede tomar una pastilla para resolverlo. Surge a partir de nuestra forma de entender el mundo. Nosotros somos los que lo manejamos. El cerebro se adapta -se desregula- para poder sostenerlo, hasta que aparece el famoso burnout, como una suerte de freno de emergencia, como un interruptor que se apaga.

Por ejemplo, si cuando nos levantamos y vamos al trabajo percibimos que lo que estamos yendo a hacer es una actividad divertida, disfrutable, en línea con nuestra personalidad, entonces su efecto “estresor” va a ser menor y van a haber menos probabilidades de que se dispare una desregulación en el cerebro. En cambio, si hacemos algo que no nos resulta divertido, que va en contra de nuestra naturaleza, forzándonos a intentar demasiado (el popular try hard), entonces probablemente nos genere estrés.

—Decís que o tenés estrés o no lo tenés. No hay grados o niveles.

—Exacto. Está en uno cómo reaccionar frente a una situación objetivamente estresante. Podrías decidir, por ejemplo, no estresarte, porque no tiene sentido. Y esa decisión va a cambiar la trayectoria de cómo sos. Va a definir si el estrés se convierte en un componente crónico en tu vida.

—¿Cómo se detecta el estrés en uno mismo?

—Para algunos se traduce en más energía… hasta que caen exhaustos. El estrés es insidioso: se va deslizando, y el cerebro no te frena a la primera, se adapta para que puedas vivir y funcionar con ese estrés, hasta que deja de poder. Hasta que llegás a un punto en el que lo único en lo que podés pensar es que necesitás vacaciones. El problema es que las vacaciones no suelen ser suficientes para una regulación cerebral.

—¿Y cómo se observa a nivel neurológico?

—En estudios tempranos lo primero que se ve es que el sistema nervioso empieza a estar encendido constantemente. La amígdala está siempre trabajando y deja de poder discernir si hay un peligro real o no. Esencialmente, el estrés nos vuelve más reactivos: cuánto más estresados estamos más sensibles al estrés nos volvemos. Es un efecto cascada.

Esto, a su vez, genera inflamación crónica en ciertas partes del cerebro, pero también en el sistema circulatorio. Estudios encontraron que las personas más estresadas tienen más inflamación vascular en las arterias: oh casualidad, una de las principales causas de enfermedad coronaria.

Lo paradójico es que se tiende a pensar que necesitamos una droga para bajar la inflamación, para controlar el colesterol -también subconsecuencia del estrés-, pero no se va a la raíz del problema. El cómo se vive, con qué approach se atraviesa la vida y, el consecuente estrés que deriva de este: esa es la causa principal de los problemas de salud.

—¿Qué es lo que te parece más peligroso, o alarmante, del impacto fisiológico del estrés?

—Que su efecto es acumulativo, tanto en el cerebro como en el cuerpo. Y que todavía no se encontró la forma de revertirlo. Ante los síntomas, la tendencia es decir: “Es solo estrés”. Ahí yo digo: “No. No es solo estrés, es calidad de vida”.

—En tus conferencias hablás del costo económico del estrés a nivel corporativo. ¿Cómo afecta el estrés individual de los empleados a la productividad de una empresa?

—El estrés “secuestra” la función ejecutiva. Esta se ralentiza en la corteza prefrontal, dificultando el pensamiento. Hay investigaciones que muestran que los cerebros se achican cuando están estresados. En la práctica, el empleado baja su rendimiento o se desconecta de su trabajo, pasando a un modo automático.

De acuerdo con estudios, en muchos países solo el 30% de la gente está realmente presente en su trabajo, y la presencia baja progresivamente conforme avanza la semana laboral. No por voluntad propia, sino porque no pueden: sus cerebros no pueden. Argentina no solo no es la excepción, sino que está arriba en el ranking de países con más estrés, según estudios recientes. Esto significa que, generalmente hablando, la gente tiene que trabajar muy duro para seguir haciendo lo que hace y que la recompensa no es buena.

Mi planteo es: si en lugar de tener gente tan desconectada trabajando tuvieramos personas presentes, concentradas, productivas y felices: ¿las empresas serían más rentables? Es una pregunta algo retórica, porque yo estoy segura de que la respuesta es afirmativa.

—Es ahí donde entran en juego las access bars... ¿podrías hablar un poco de eso?

—Sí. Se trata de una terapia energética no invasiva que, a través de toques suaves en 32 puntos específicos de la cabeza, busca liberar bloqueos mentales, estrés y creencias limitantes.

Empecé a estudiarla por pura curiosidad. No tenía expectativas ni pretensiones; como científica, quería entender el efecto real del método. Los resultados me sorprendieron.

—¿Qué descubriste?

—La primera investigación -realizada con gente con ansiedad y depresión- registró un 84,2% de cambio en la ansiedad después de una sesión de 90 minutos (remarco, la ansiedad es un rasgo difícil de cambiar). En el 80% de los casos encontramos que el patrón cerebral -la comunicación entre regiones- se volvió más coherente después de una sesión. En otro gran estudio sobre casos de gente con estrés, el 76% reportó cambios significativos. Y, en otro hecho sobre personas con trastorno por estrés postraumático, las diferencias también fueron relevantes. La gente dice que piensa mejor, que está más presente. Aspectos que arrastran desde hace tiempo, como la inseguridad, por ejemplo, desaparecen.

—¿Después de una sola sesión?

—En muchos casos sí, en otros puede llevar algunas más. Pero siempre hay efectos positivos parciales inmediatos. Es difícil de creer, ya sé.

—¿Cómo se explica? ¿Qué pasa en el cerebro?

—Mi interpretación de lo que sucede es que activando estos puntos de la cabeza se logra hacer una especie de reseteo neurológico, facilitando una mayor conciencia, relajación y claridad mental. El sistema nervioso central se calma.

No es “la solución”, pero sí es una manera innovadora de que la gente funcione mejor, valiéndose de un método no farmacéutico. No es ponerte una máquina en la cabeza sin saber qué pasa. Es simple y natural.

—¿Qué le sugerirías a alguien que empieza a percibirse estresado?

—Que se vuelva más consciente de las cosas que le funcionan y las que no. Si cada vez que cenás con alguien te vas sintiéndote mal o cada vez que hablás con tu papá te peleás… notalo. No sigas en piloto automático. Pensá en cómo podés cambiar ese patrón que te hace mal. El conflicto no tiene que existir, pero nos acostumbramos a su presencia y nos predisponemos a él. Le diría que navegue hacia lo que funciona y cambie lo que no.

—Para cerrar: si tuvieses que resumir tus aprendizajes en un mensaje para mandarle a las masas, ¿cuál sería?

—Que podríamos prosperar -en lugar de sobrevivir- si en vez de hacer cosas que nos cuestan y drenan, hiciéramos cosas que nos honran.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/mente/la-neurocientifica-canadiense-explica-que-ocurre-en-el-cerebro-cuando-el-estres-se-vuelve-cronico-nid02032026/

Volver arriba