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Una oda a la liviandad

Hace rato que vengo pensando en los claveles del aire. Hay dos que se ven desde el balcón de casa, suspendidos sobre uno de los tantos cables que penden sobre la ciudad.Los claveles del air...

Una oda a la liviandad

Hace rato que vengo pensando en los claveles del aire. Hay dos que se ven desde el balcón de casa, suspendidos sobre uno de los tantos cables que penden sobre la ciudad.Los claveles del air...

Hace rato que vengo pensando en los claveles del aire. Hay dos que se ven desde el balcón de casa, suspendidos sobre uno de los tantos cables que penden sobre la ciudad.

Los claveles del aire me gustan porque hacen de la liviandad virtud: apenas tienen raíces, se balancean o sostienen donde sea; beben del agua que transporta el aire. Son una discreta defensa de la ligereza: viven, transcurren, hasta pueden tener flores, y a nadie se le ocurriría reprocharles esa ausencia de arraigo, su prescindencia de pilares o cualquier otra cosa que se hunda en lo profundo de la tierra.

Es un hombre medido, aferrado a la norma, autor de un voluminoso tratado de Derecho Penal, alguien a quien le cuesta tomar cualquier decisión que lo mueva un centímetro del controlado perímetro de su vida

Quizás haya sabiduría en ciertos modos de ejercer la liviandad. Algo de eso deja entrever un reciente posteo que el ensayista Tomás Abraham subió a Facebook, donde habla de la película La grazia, de Paolo Sorrentino. “Me sorprendió -escribe Abraham-, no lo hizo por su argumento sino por un detalle que se pierde en los avatares de los sucesos pero que vuelve a mostrarse en su final y resignifica el relato. Es el asunto de la ‘ligereza’, o ‘liviandad’, de la falta de ‘pesadez’, o de ‘gravedad’, lo escribo todo entre comillas porque no encuentro el nombre preciso para el concepto. La sorpresa se produce porque recordaba que hace poco tiempo vi en una entrevista por Instagram a Louis Ferdinand Céline que habla de lo mismo, de la liviandad y de la ligereza, e inmediatamente, me vienen a la mente Nietzsche y Gombrowicz, que insisten sobre el mismo tema”.

A Mariano de Santis, el personaje central de La Grazia, lo apodan “hormigón armado”. Interpretado por Toni Servillo, es un jefe de gobierno italiano ficcional, que en unos meses dejará el poder y, antes de hacerlo, debe tomar difíciles decisiones: firmar (o no) un proyecto de ley de eutanasia y aceptar (o no) el pedido de indulto para dos personas presas por cometer homicidio.

Aunque rígido como el hormigón, de Santis no deja de ser entrañable. Es un hombre medido, aferrado a la norma, autor de un voluminoso tratado de Derecho Penal, alguien a quien le cuesta tomar cualquier decisión que lo mueva un centímetro del controlado perímetro de su vida (o que, como el proyecto de ley y los indultos que aguardan su firma, lo instalen en el centro de cualquier controversia). También es un viudo que extraña horrores a su mujer y que a la vez vive torturado por una infidelidad que ella habría cometido… cuarenta años atrás.

En una escena solo en apariencia marginal, el jurista y jefe de gobierno observa la transmisión en directo de un astronauta italiano que está en órbita. Por una avería técnica, momentáneamente el astronauta no puede ver a quienes lo miran desde la Tierra. Con toda su solemnidad a cuestas, Mariano de Santis espía, fascinado, al hombre que flota en medio de la ingravidez de la cápsula espacial. Vaya a saberse por qué, al astronauta se le escapa una lágrima que comienza, a su vez, a ascender, libre de todo peso. La diminuta belleza de esa gotita flotante hace sonreír al cosmonauta. El que no sonríe es De Santis, fisgón eventual. Pero algo en la escena delata la módica sacudida que empieza a cobrar fuerza en su interior.

Escribe Tomás Abraham: “En nuestro idioma, al menos en el argentino, hablamos de gente pesada, no tenemos una palabra para su antónimo, por eso acudimos a esta vulgaridad llama “divertida” para contrarrestarlo. En su Abecedario, en la letra C, Gilles Deleuze selecciona la palabra ‘Charme’, encanto, para distinguir al individuo que encanta por su ligereza, una actitud elegante, algo displicente, frente a los preocupados, serios, grávidos, formales”.

Se puede existir sin ser vital, me digo, apretujada entre contracturas. La liviandad no solo es sabiduría, es vitalidad. Habría que vivir como quien ensaya los pasos de una danza, como quien canta, como quien flota. Si hay raíces, bien. Y si no, dejarse mecer por el aire.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/una-oda-a-la-liviandad-nid09062026/

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