Yerba mate: de infusión diabólica y moneda de pago a costumbre nacional
Poco tiempo atrás, Roberto Elissalde nos ilustraba sobre la yerba mate refiriéndose especialmente a sus representaciones en pinturas del siglo XVIII y XIX, mostrando su larga vigencia en nuestro ...
Poco tiempo atrás, Roberto Elissalde nos ilustraba sobre la yerba mate refiriéndose especialmente a sus representaciones en pinturas del siglo XVIII y XIX, mostrando su larga vigencia en nuestro país. No obstante, inicialmente las autoridades civiles y eclesiásticas se opusieron tanto a su cultivo como a su ingesta por españoles e indígenas.
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El gobernador Hernandarias consideraba que debía prohibirse su uso entre los españoles, ya que “hace a los hombres viciosos y haraganes” además de los perjuicios económicos que conlleva su compra”. Los franciscanos asunceños prohibieron su uso en el ámbito conventual y otro tanto hizo el dominico Cristóbal de Mancha cuando como Visitador, inspeccionó el convento de Santiago de Chile. El provincial de los jesuitas, Diego de Torres, sumaba también su voz expresando que “aunque parece vicio de poca consideración, es una superstición diabólica”, basándose en una de las leyendas que rodean a esta planta.
En tanto, las Cartas Anuas de los primeros años traen muchas referencias a la yerba, al modo de prepararla, a los yerbales y al trabajo que allí hacen los indios. Parte de la oposición de la Compañía se centraba en los encomenderos asunceños quienes obligaban a los indios a realizar el laboreo en lugares alejados de sus residencias y en una época del año que estropeaba su salud. Aquellos españoles pretendían la exclusividad del negocio priorizándolo sobre el trato a los indios, de ahí la férrea oposición de los teatinos que fue presentada al propio Rey por el padre Antonio Ruiz de Montoya, elegido procurador por sus pares. Esta etapa de oposición al cultivo y al uso de la yerba como infusión fue modificándose con el tiempo. El severo Cristóbal de Mancha, devenido en obispo porteño, dejaba al morir 12 tercios de yerba y “un costal grande de lo mismo, de 77 arrobas”.
La Compañía de Jesús advirtió que era posible hacer una explotación racional tanto para consumo en las reducciones, como para la exportación y que la infusión podía ser un sustituto del alcohol, que tanto estrago causaba entre los indios. El comercio de la yerba con Buenos Aires les permitiría a los padres comprar en el puerto telas de lana y lino, fierro y otros tantos productos europeos que no existían en la zona.
De hecho, fue el mismo Ruiz de Montoya quien preparó el terreno para ello logrando que el tributo que los indios rendían al Rey pudiese ser pagado en especies, entre otras, la yerba. Este cambio de percepción es muy evidente en las Cartas Anuas de la segunda mitad del siglo XVII y en las de la centuria siguiente. Basta recorrer las obras de Pedro Lozano, Florián Paucke o Martín Dobrizoffer para constatar que el hábito del mate estaba ya muy arraigado en el siglo XVIII.
Un importante estudio sobre la vida cotidiana en el Virreinato dice que el mate es “una suerte de rito en los hogares porteños” (no sólo entre la gente que poblaba la campaña) y nos informa que el precio de un mate ordinario con su pie era de ocho reales; los comercios porteños podían ofrecerlos curados o labrados; también existían de loza, aunque estos no eran del agrado de los materos. Para la época que allí se analiza, el uso de la bombilla se había hecho más frecuente que el de los apartadores, al menos en Buenos Aires. En muchos hogares porteños el mate poseía un soporte o platillo –“salvilla”-, aunque en general uno y otro eran de metal noble.
El tema tiene muchas más aristas que no pueden ser desarrolladas en este espacio, como por ejemplo los diferentes tipos y materiales de los mates, las formas de tomar la infusión que varían entre los indios y los españoles o el rico folklore que se ha desarrollado a su alrededor.